Lo ligero, lo
veleidoso y lo insustancial parecen tener las de ganar en nuestra época. No he
tenido aún ocasión de leer el libro de Joseph Ratzinger sobre “La infancia de Jesús”,
pero muchas de las noticias de prensa que han ido apareciendo me han
desconcertado: “El Papa dice que en el pesebre no había ni buey ni mula”; “el
papa elimina a la mula y el buey del portal de Belén”, etc.
Sorprende que un libro
que trata sobre los primeros años de la vida de Jesús de Nazaret sea recibido
de este modo. Jesús es Jesús. Solo Él ha partido al medio la historia de la
humanidad: desde Él y por Él los años y los días se cuentan “antes” y “después”
de Cristo. Solo Él ha sido reconocido por muchos, entre los que me cuento, como
el revelador y la revelación de Dios.
El papa no parece
decir nada que no hayan dicho primero los evangelios. San Mateo es
extremadamente parco. Hablando de la visita de los Magos dice: “Entraron en la
casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron”
(Mt 2,11). San Lucas no se extiende mucho más: “dio a luz a su hijo
primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían
sitio en el albergue” (Lc 2,7).
El evento central, el
nacimiento de Jesús, es descrito con total austeridad, sin adornos. Se habla
del nacimiento del hijo de María y de los primeros cuidados: “lo envolvió en
pañales y lo recostó en un pesebre”.
Un albergue era una
sala amplia y común que tenían algunas viviendas de Palestina para las
celebraciones familiares o la acogida de los parientes. Quizá en uno de los
muros de la casa había, adosado, un pesebre, donde recostaron a Jesús.
No hay ningún signo de
grandeza ni de poder, sino el testimonio de la una familia y de una madre que
cumplen con sus deberes.
Los Padres de la
Iglesia, meditando sobre el significado de estos textos evangélicos, se
hicieron eco de un versículo del libro del profeta Isaías: “El buey conoce a su
amo, y el asno (o la mula) el pesebre de su dueño” (Is 1,3). ¿Qué querían decir
con eso? Que tanto los judíos como los paganos – es decir, la humanidad entera
– precisaban un salvador.
En este texto de
Isaías se inspiró la tradición cristiana para introducir, junto a la cuna de
Jesús, un buey y un asno (o una mula), capaces de reconocer al único Señor.
La Navidad no es un
cuento para niños, sino la respuesta de Dios al drama de la humanidad que busca
la paz verdadera. No obstante, nada hay de malo en que una idea, una
convicción, se revista de elementos imaginativos, como es el caso del buey y de
la mula.
Quedarse en la
anécdota sería superficial. Pero todo apunta a pensar que esa superficialidad
no es del todo inocente. Tal vez molesta demasiado que Dios se haya acercado
tanto a nosotros.
Guillermo Juan Morado.