miércoles, 23 de mayo de 2012

El pecado


¿Qué es el Pecado? Es toda acción u omisión voluntaria contra la ley de Dios
Loring J.

El Pecado es toda acción u omisión voluntaria contra la ley de Dios, que consiste en decir, hacer, pensar o desear algo contra los mandamientos de la Ley de Dios o de la Iglesia, o faltar al cumplimiento del propio deber y a las obligaciones particulares.
En sus juicios acerca de valores morales, el hombre no puede proceder según su personal arbitrio. En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer... Tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente.
El pecado es un misterio, y tiene un sentido profundamente religioso. Para conocerlo necesitamos la luz de la revelación cristiana. (...) El pecado escapa a la razón. Ni la antropología, ni la historia, ni la psicología, ni la ética, ni las ciencias sociales pueden penetrar su profundidad
.
Algunos dicen que Dios no es afectado por el pecado. Efectivamente, no afecta a la naturaleza divina, que es inmutable; pero sí afecta al «Corazón del Padre» que se ve rechazado por el hijo a quien Él tanto ama
.
Si el pecado no ofendiera a Dios sería porque Dios no nos quiere. Si Dios nos ama, es lógico que le «duela» mi falta de amor. Lo mismo que le agradaría mi amor, le desagrada mi desprecio: hablo de un modo antropológico. Pero es necesario hacerlo así, para entendernos. Si Dios se quedara insensible ante mi amor o mi desprecio, sería señal de que no me ama, que le soy indiferente. A mí no me duele el desprecio de un desconocido; pero sí, si viene de una persona a quien amo. No es que el hombre haga daño a Dios. Pero a Dios le «duele» mi falta de amor. El bofetón de su niñito no le hace daño a una madre, pero sí le da pena. Ella prefiere un cariñoso besín. Es cuestión de amor.
La inmutabilidad de Dios no significa indiferencia. La inmutabilidad se refiere a la esfera ontológica, pero no a la afectiva. Dios no es un peñasco: es un corazón. El Dios del Evangelio es Padre. Es un misterio cómo el pecado del hombre puede afectar a Dios. Pero el hecho de que el pecado afecta a Dios es un dato bíblico
. La Biblia expresa la ofensa a Dios del pecado con la imagen del adulterio. El pecado es ante todo ofensa a Dios. El pecado ofende a Dios por lo que supone de rebelión. David, arrepentido de su pecado, exclamaba: «Contra Ti pequé, Señor». El pecado no es algo que nos cae inesperadamente, como un rayo en medio del campo. El pecado se va fraguando, poco a poco, dentro de nosotros mismos.
La moral no consiste en el cumplimiento mecánico de una serie de preceptos, sino en nuestra respuesta cordial a la llamada de Dios que se traduce en una actitud fundamental en el servicio de Dios.
La opción fundamental es la orientación permanente de la voluntad hacia un fin. La opción fundamental por Dios consiste en colocar a Dios en el centro de la vida. Concebirle como el Valor Supremo hacia el cual se orientan todas las tendencias, y en función del cual se jerarquizan las múltiples elecciones de cada día
.
La opción fundamental es una decisión libre, que brota del núcleo central de la persona, una elección plena a favor o en contra de Dios, que condiciona los actos subsiguientes, y es de tal densidad que abarca la totalidad de la persona, dando sentido y orientación a su vida entera. Es claro que las actitudes determinan nuestro comportamiento moral de forma positiva o negativa
. Las actitudes son predisposiciones estables o formas habituales de pensar, sentir y actuar en consonancia con nuestros valores. Son, por tanto, consecuencia de nuestras convicciones o creencias más firmes y razonadas de que algo «vale» y da sentido y contenido a nuestra vida. Constituyen el sistema fundamental por el que orientamos y definimos nuestras relaciones y conductas con el medio en que vivimos. Evidentemente que en el hombre tienen más valor las actitudes que los actos. Hay actos que expresan más bien la periferia del ser y no el ser mismo del hombre. Los actos verdaderamente valiosos son los que proceden de actitudes conscientemente arraigadas. Se ve claramente que, aunque la actitud sea lo que define auténticamente al ser moral del hombre, los actos tienen también su importancia, porque, repetidos, conscientes y libres van camino de convertirse en actitud. Incluso podemos decir que hay actos de tal trascendencia que, si se realizan responsablemente y sin atenuantes posibles, son el exponente de una actitud interna.
La opción fundamental puede ser radicalmente modificada por actos particulares. No es sincera una opción fundamental por Dios, si después esto no se confirma con actos concretos. Los actos son la manifestación de nuestra opción. Si la opción fundamental no va acompañada de actos singulares buenos, se ha de concluir que la tal opción se reduce a buenas intenciones.
Algunos opinan que al final de la vida, Dios dará a todos la oportunidad de pedir perdón de sus pecados; pero esta posibilidad de la opción final no tiene ningún fundamento en la Biblia
. Por eso es rechazada por teólogos de categoría internacional como Ratzinger, Rahner, Pozo, Alfaro, Ruiz de la Peña, etc.

Personajes de la Biblia: Elias


"Personajes bíblicos"
 ALONSO AMPUERO, J.

En el siglo IX a.C. los israelitas se habían dejado llevar masivamente por el culto a los baales. Frente al Dios de Israel –invisible, trascendente– era muy fácil ceder al culto de los cananeos: su dios Baal garantizaba la lluvia y la fertilidad del suelo, y por tanto la cosechas. La tentación de aceptar un dios a su alcance, fácilmente manipulable mediante ciertos ritos, era fuerte. Porque el Dios de Israel, soberano y majestuoso, no se dejaba manejar en absoluto.
El culto a Baal era además propiciado por el poder político. Ajab, el rey de Israel, casado con Jezabel –una siro-fenicia–, propició la existencia de baales y astartés. La inmensa mayoría del pueblo, si no abandonó del todo la fe en Yahveh, sí al menos aceptó un sincretismo: intentó combinar el culto a Yahveh con el de Baal, que parecía asegurarles la fertilidad de sus campos.
En este contexto surge un hombre que no tolera ambigüedades y quiere defender a toda costa la pureza de la fe: Elías. Su mismo nombre –literalmente Eliyahu– es una declaración de guerra: «Mi Dios es Yahveh».
Pero no se conformó con las palabras. Pasó a los hechos. Y retó al pueblo que de debatía en esta ambigüedad: «¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si Yahveh es Dios, seguidle; si Baal, seguid a Baal» (18,21). La interpelación era clara y tajante: no se puede jugar a dos cartas. Estaba en juego la verdad, y por tanto el bien del pueblo. Si seguían a un Dios falso, eso significaba vivir en la mentira y acabar en el fracaso. Estas palabras parecen anticipar las de Jesús: «No podéis servir a dos señores… No podéis servir a Dios y la Dinero» (Mt 6,24).
El pueblo no respondió nada. Sabían que Elías tenía razón. Pero estaban demasiado comprometidos con los baales, que les proporcionaban cierta seguridad…
Elías había quedado solo frente a los 450 profetas de Baal. Y realizó una propuesta audaz: ofrecer sendos sacrificios a los respectivos dioses, y el que hiciera bajar fuego del cielo sobre la ofrenda demostraría ser el verdadero Dios.
Elías estaba solo, pero le sostenía una fe inquebrantable en el Dios de Israel. Por eso se dirigió a Él suplicándole que actuase con hechos: «Yahveh, que se sepa hoy que tú eres Dios… respóndeme, y que todo este pueblo sepa que tú eres Dios que conviertes los corazones» (18,36-37).
Y Dios respondió. Y actuó una vez más, como ya lo había hecho tantas veces en la historia del pueblo. Y mostró con su actuación su realidad, su presencia, su poder.
Pero a Elías le tocó huir: se había opuesto a la reina. Y ésta juró que exterminaría a aquel hombre que osaba interponerse a su autoridad. Más aún cuando Elías denuncia al rey su abuso de poder al llegar a mandar –siempre bajo el consejo de su esposa Jezabel– que fuera asesinado un hombre del pueblo –Nabot– para quedarse con la viña que se le había negado a venderle (c.21).
Elías es perseguido a muerte y tiene que ocultarse y huir. Llega a experimentar el cansancio y el desaliento, llega incluso a desearse la muerte… Pero el Dios que se ha mostrado vivo y verdadero le sostiene y le cuida. Y en la intimidad de Horeb reanima sus fuerzas, reaviva su fe, le inunda de fortaleza y le capacita para seguir llevando adelante la misión confiada.
Cuando el creyente se queda solo es el momento de la prueba. Pero también es el momento de la fe que mueve montañas (Mt 17,20). Es el momento de la confianza que posibilita que Dios demuestre con los hechos que es real y verdadero (frente a los falsos dioses que el hombre, hoy como ayer, se construye). Es el momento de la fortaleza ante la persecución, incluso arriesgando la propia vida. Y, sobre todo, es el momento en que Dios actúa, realizando prodigios y maravillas, y llevando adelante su plan de salvación…
(Texto bíblico: 1 Reyes 17-22; 2 Reyes 1-2)

Resurrección


Es radicalmente imposible que podamos imaginar nuestra vida en el otro mundo. Quizá una comparación nos ayudaría a comprender.
Supongamos que, estando en el seno de nuestra madre en posesión de plena consciencia, pudiéramos responder a alguien que nos preguntara acerca de nuestra situación. Responderíamos sin duda: «me encuentro bien, me rodea una temperatura agradable, y me alimento en la medida de mis necesidades».Y supongamos que se nos replicara: «infeliz, triste es tu existencia, tienes manos y no te puedes servir de ellas y tus pies no te permiten trasladarte en el espacio. Nada puedes ver con tus ojos. Sal y conocerás lo que es la vida». A eso diríamos nosotros: «¡pero salir será la muerte!», incapaces de imaginar un mundo fuera del claustro materno.
Algo así puede ser nuestra situación en la actualidad. Nosotros tenemos fuertes aspiraciones a la verdad, al bien, a la justicia, a la fraternidad y a la integridad corporal; son éstas profundas aspiraciones, que se identifican con nuestra propia naturaleza. Pero somos incapaces de satisfacerlas plenamente en el estado actual de nuestra existencia. Para alcanzar esa plenitud, debemos renacer, es decir, ascender a un mundo nuevo, el de la resurrección, que únicamente por la experiencia podremos conocer, un mundo que «ni ojo humano ha visto, ni oído ha escuchado» (1Co 2, 9), un mundo que hoy por hoy nos resulta imposible imaginar y cuya realidad permanece velada a nuestro entendimiento.
MOREAU, Y. “Razones para creer”

A Dios le encantan los disfraces


Jesús vive en mi


lunes, 21 de mayo de 2012

Contigo quiero caminar


De bendición en bendición


"Cuidado con el perro"

Al entrar a una pequeña tienda, el extraño notó un anuncio en la puerta de vidrio que decía "PELIGRO, CUIDADO CON EL PERRO"
Adentro, vio un indefenso perro viejo dormido en el piso cerca de la caja registradora. Y le preguntó al dueño de la tienda "Es este el perro con que la gente se supone deben tener cuidado?"
"Sí, -contestó el propietario- ese es."
El hombre no pudo quedarse sin sonreír.  
"Este ciertamente no se ve como un perro muy peligroso desde mi punto de vista," -se rió-. 
"¿Por qué decidió usted poner ese anuncio?"
"Porque -contestó el dueño- antes de que pusiera el anuncio, la gente se tropezaba con él."

Muchas veces no vemos los detalles en la vida que,
aunque son pequeños y silenciosos, 
están ahí y nos ayudan a vivir.
Dios mío:
¡haz que en cada momento de mi vida, 
y sobre todo en medio de la dificultad,
te sepa VER a mi lado!

Quizás te sientas triste...


Tu palabra


EL VERDADERO AMOR


Un hombre de cierta edad vino a la clínica donde trabajo para curarse una herida en la mano. Tenía bastante prisa y, mientras se curaba, le pregunté qué era eso tan urgente que tenía que hacer. Me dijo que tenía que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer que vivía allí. Me contó que llevaba algún tiempo en aquel lugar y que tenía un Alzehimer muy avanzado. Mientras terminaba de vendar la herida le pregunté si ella se preocuparía mucho en caso de que él llegara tarde aquella mañana. "No -me dijo-, ella ya no sabe quién soy. Hace ya casi cinco años que no me reconoce".
"Entonces -le pregunté extrañado- y si ya no sabe quién es usted, ¿por qué esa necesidad de estar con ella todas las mañanas?". Me sonrió, y dándome una palmadita en la mano, me dijo: "¡Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella!". Tuve que contener las lágrimas, y mientras salía pensé: "¡Esa es la clase de amor que quiero para mi vida!".

EL VERDADERO AMOR NO SE REDUCE A LO FÍSICO O ROMÁNTICO.
EL VERDADERO AMOR ES LA ACEPTACIÓN DE TODO LO QUE EL OTRO ES, DE LO QUE HA SIDO, DE LO QUE SERÁ, Y DE LO QUE YA NUNCA PODRÁ SER.

domingo, 20 de mayo de 2012

Estate, Señor, conmigo


Estate, Señor, conmigo
siempre, sin jamás partirte,
y, cuando decidas irte,
llévame, Señor, contigo;
porque el pensar que te irás
me causa un terrible miedo
de si yo sin Ti me quedo,
de si Tú sin mí te vas.

Llévame en tu compañía,
donde tu vayas, Jesús,
porque bien sé que eres Tú
la vida del alma mía;
si tú vida no me das,
yo sé que vivir no puedo,
ni si yo sin Ti me quedo,
ni si Tú sin mí te vas.

Por eso, más que a la muerte,
temo, Señor, tu partida
y quiero perder la vida
mil veces más que perderte;
pues la inmortal que tu das
sé que alcanzarla no puedo
cuando yo sin Ti me quedo,
cuando Tú sin mí te vas.

sábado, 19 de mayo de 2012

Biblia, ¿por qué estos libros y no otros?


Marta GARCÍA FERNÁNDEZ
Revista “Catequistas” 2012, nº218
¿Qué son los libros apócrifos?
Una primera definición de libros apócrifos se hace en oposición a los li­bros canónicos. Si los libros canónicos son los que están en nuestras Biblias, los apócrifos no lo están.
Ahora bien, esta definición no dice mucho. Busquemos una un poco más exhaustiva: denominamos libros apócrifos a la literatura judía o cris­tiana referida a un personaje del AT o del NT -sea como autor o como protagonista- y escrita entre el 200 a. C y el 500 d. C
Dentro de este «los apócrifos» hay un conglomerado tremendo de textos. De los que más hemos oído hablar son de los Evangelios apócrifos, pero también existen un considera­ble número de apócrifos del AT. Por ejemplo, el Apocalipsis o el Testamen­to de Abraham, los Salmos de Salomón, el Testamento de los doce pa­triarcas, etc.
Respecto al NT, los más numerosos y conocidos son los Evangelios (El evangelio de Santiago, el de Tomás, el de Felipe, etc.). También hay He­chos como los Hechos de Pablo y Epístolas como la Correspondencia entre Pablo y Seneca.
¿Cómo y por que surge la literatura apócrifa?
Como siempre es muy arriesgado dar una respuesta general, pues peca de simple. Por eso, voy a centrarme más en los apócrifos del NT, aunque también son muchos y lo que voy a de­cir no vale para todo.
Si bien hay algún apócrifo que no muestra ninguna relación con los textos del NT -y, por tanto, es pre­sumible que no los conociera o que fuera escrito en esa misma época-, la mayor parte están conectados con los relatos bíblicos.
¿En qué sentido? En que se ve cla­ramente que nacen por una duda o cuestión que ha provocado la lectu­ra o la escucha de los mismos rela­tos bíblicos. Voy a poner un ejemplo para que nos entendamos.
Los relatos de Mateo y Lucas de la infan­cia son muy parcos y, al escucharlos, a la gente le surgirían una multitud de pregun­tas: ¿Cómo se llaman aquellos sabios de Oriente? ¿Y los padres de la Virgen Maria? ¿Cómo sería el niño Jesús de pequeño? ¿Y María?, etc.
No, no os creáis que es broma. Los nom­bres de Melchor, Gaspar y Baltasar así como el de los padres de la Virgen, Joaquín y Ana, nos vienen de ahí. Pensad que en la evan­gelización, la gente se haría miles de pre­guntas y los cristianos no tenían cada uno su Biblia.
Es más, ellos tuvieron que ingeniárselas para adaptar la Buena Noticia a la sensibilidad de cada cultura y, de este modo, hacerla atractiva. Es, por tanto, fácil que surgiera este tipo de literatura como una forma de catequesis que ayudaba a asimilar los con­tenidos más doctrinales.
Otros Evangelios se ve que nacen como una explicación de alguna cosa que no está suficientemente clara. Así el Evangelio de Bartolomé es una especie de aclaración o profundización de la identidad de este personaje cuyos datos aparecen poco nítidos en los relatos bíblicos.
¿Cuál es el motivo por el que los apócrifos no forman parte del canon?
¿Eran heréticos? No siempre. Hubo algu­nos que se rechazaron porque sí eran con­trarios a la doctrina cristiana, pero la mayoría no.
¿No eran inspirados? No tiene por qué. To­dos los libros canónicos son inspirados, pero este criterio no se puede aplicar a la inver­sa. Por ejemplo, lo que escribe el Papa, las obras de Santa Teresa o libros de los primeros siglos como el Pastor de Hermas y la Diaché se consideran inspirados pero no forman parte del canon.
Un primer criterio para que un libro sea canónico es que tiene que ser de esa época. En el caso del NT de los dos primeros siglos. Sin embargo, ya hemos visto que el Pastor de Hermas y la Didaché eran de esta época y no entraron a formar parte del canon.
Un segundo criterio es que tienen que te­ner un origen apostólico, es decir, que se atribuya directa o indirectamente a alguno de los apóstoles. También eso es compli­cado, porque algunos libros apócrifos apa­recen referidos a los apóstoles.
EI tercer criterio es que su doctrina tiene que ser conforme al credo cristiano. Ya he­mos dicho que algunos apócrifos eran heréticos, pero la mayoría no.
El cuarto es que tenían que tener un uso litúrgico. Eso es, que se leyeran en las asam­bleas cristianas. Pero también la Didaché parecía tener este uso.
Como veis la cosa no es tan fácil. Si os parece bien, intento completar la respuesta en la siguiente pregunta.
¿Cuando se organizó la Biblia tal y como la conocemos ahora?
Esta pregunta que me habéis hecho puede entenderse de otra manera, pero aquí voy a decir que fue en 1546 cuando el Conci­lio de Trento definió los libros que forman parte de la Biblia católica.
¿Por qué mi Biblia tiene más libros que otras Biblias?
Seguramente porque tu Biblia es católica y en Trento se decidió el canon de la Biblia católica. La Biblia hebrea y la de las Iglesias protestan­tes tienen otro canon. Es decir, no coincidimos del todo en los libros que pensamos han de ser normativos para nuestra fe.
Para el AT: tanto la Biblia Hebrea como la pro­testante no añaden los libros escritos en grie­go IIamados deuterocanónicos: Tobías, Judit, 1 y 2 Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico y Baruc.
Para el NT: los católicos aceptan los 27 libros. Las Iglesias protestantes no consideran canónicos: Hebreos, Santiago, Judas, 2 Pedro, 2 y 3 Juan y Apocalipsis.
Como veis, la cuestión de por qué unos sí y otros no, tardo mucho en resolverse. Los criterios que antes os he expuesto fueron tenidos en cuenta, pero con el pasar de los siglos el uso litúrgico y la lectura de los textos en las asambleas era mucho más evi­dente.
Muchos libros apócrifos, con el pasar de los tiempos, se fueron dejando porque la comunidad no se veía en ellos, pues no veía expresada su fe. Quizás, porque algunos respondían a inquietudes y sensibili­dades de comunidades particulares o de la época.
EI caso es que se fueron relegando. Muestra de ello es que exis­ten muchas menos copias de estos manuscritos. Como pasa ahora, si un libro interesa se siguen haciendo ediciones, pero si se deja de comprar a los editores no les interesa hacer más.
Después de dieciséis siglos, la historia fue cribando aquellos li­bros que la Iglesia considero como normativos para su fe; y se re­legaron otros que hicieron época pero que fueron paulatinamen­te cayendo en desuso. Ahora bien, esto dicho en general, pero habría que matizar más.
¿Quedan más textos por descubrir? ¿Qué pasaría si se descubrieran?
Pues eso no lo sabemos, pero probablemente puede quedar al­guno por descubrir. Bueno no es del todo así, tenemos listas de libros. Por tanto, sabemos que existieron pero no se han encontrado todavía los manuscritos.
Además, habría que diferenciar el descubrimiento de manus­critos que son copias de los que ya tenemos del hecho de que aparecieran nuevos textos, incluso que no estuvieran en estas listas, por ejemplo otra carta de Pablo. Entonces, ¿qué pasaría?
Pues sinceramente no lo sé, pero creo que no llegaría a formar parte del canon. ¿Por qué? Porque si, como hemos dicho, un criterio es que hayan alimentado la vida de las comunidades de la Iglesia y durante veinte siglos hemos pasado sin este texto, aunque fuera de Pablo y por tanto inspirado, lo más lógico es pensar que no entraría a formar parre de la Biblia.
Canon
Canon de la Bi­blia significa los libros que la comunidad cristiana católica, en nues­tro caso, admite como normativos para la fe.

martes, 15 de mayo de 2012

Estate, Señor, conmigo...


Saber orar con mis preocupaciones


Si nuestro corazón está lleno de inquietudes por preocupaciones, ¡qué mejor que hablarlo con Dios!
Autor: Juan Antonio Ruiz J.
 
"La oración no es el efecto de una actitud exterior, sino que procede del corazón. No se reduce a unas horas o momentos determinados, sino que está en continua actividad, lo mismo de día que de noche. No hay que contentarse con orientar a Dios el pensamiento cuando se dedica exclusivamente a la oración; sino que, aun cuando se encuentre absorbida por otras preocupaciones (...) hay que sembrarlas de deseo y el recuerdo de Dios." San Juan Crisóstomo, Homilía 6 sobre la oración.
 El corazón es, tal vez, la parte del cuerpo a la que más hacemos referencia. Frases como «sigue los impulsos de tu corazón» o «me has roto el corazón» se han convertido ya en clichés para describir ciertos aspectos de nuestra existencia.
 Tal vez esta es la razón por la cual muchos, al leer el texto de San Juan Crisóstomo de arriba, sienten algo de desánimo. En su tristeza, esas personas pueden argumentar algo así: ¿Cómo puedo orar bien si la verdadera oración es la que procede del corazón? El mío está lleno de preocupaciones, debilidades; incluso de pecado. ¡Nunca podré orar bien!.
 Permíteme dar un paso atrás y hacer un pequeño experimento. Supongamos que te llaman de la policía citándote en la comisaría, dado que alguien te ha denunciado por ciertas acciones penales. ¡Vas a ir a juicio! Más aún: ¡¡puedes ir a la cárcel!! ¿Cuál es tu primera reacción? O mejor: ¿a quién llamas para contárselo? Tu esposo o esposa, alguno de tus padres, hermanos. Tal vez un amigo... Siempre hay alguien ahí en quien confías plenamente y con el que vas para desahogarte.
 Pues bien, la oración puede y debe ser justamente esto. Si nuestro corazón está lleno de inquietudes por diversas preocupaciones de nuestra vida, ¡qué mejor que hablarlo con Dios! ¿O es que Dios sólo escucha padresnuestros y avesmarías? ¿Ésa es la única oración que me sé?
 Volvamos al ejemplo. Imagínate que llamas a tu amigo de toda la vida para hablar. Todos tus pensamientos están cargados de la preocupación del posible juicio. Llegas a la cafetería en donde te está ya esperando... y en vez de confiarle todo esto, empiezas a hablar del último coche que ha sacado Ferrari. ¿No es algo ridículo?
 Pues nuestra oración a veces se vuelve así de ridícula: teniendo mil preocupaciones, forzamos nuestro interior meditando tal vez pasajes del Evangelio bellísimos... pero que ¡nada tienen que ver por lo que mi alma está pasando en ese momento! Y así sí que estaría de acuerdo con la objeción: ¡nunca se podrá orar!
 «La oración no es el efecto de una actitud exterior, sino que procede del corazón», dice San Juan Crisóstomo. Y por eso, las preocupaciones que lo llenan pueden ser una excelente oportunidad para crecer en mi oración. Después de todo, ¡quién mejor que Dios para confiarle nuestras inquietudes, nuestros propósitos! ¿Voy a hacer un examen? Se lo confió a Dios. ¿Empiezo a salir con una chica muy guapa y que no sé si puede ser mi futura esposa? Lo hablo con Dios para que nos ilumine a los dos. ¿Mi hijo está teniendo problemas en la escuela y no sé qué hacer? Le pido luz a Dios...
 Todo puede ser oración si cada etapa de mi vida sé sembrarla de ese «deseo y recuerdo de Dios» de los que habla San Juan Crisóstomo. Es lograr, a fin de cuentas, que Él sea un Amigo íntimo: Alguien en quien siempre puedo confiar, con quien siempre puedo hablar de lo bueno y lo malo. En resumen, el centro de mi corazón...

sábado, 12 de mayo de 2012

BIBLIA, ¿TE CONTRADICES?


Para muchos la Biblia se muestra un tanto contradictoria, especialmente por el contraste entre el AT y el NT. Vamos a detenernos en es­tas cuestiones.
¿Por qué te llamas Biblia?
Quizás la clave y también el proble­ma, radica en el mismo nombre; “Biblia”. Se trata de un sustantivo plu­ral que literalmente significa «libros» o «rollos de papiros». Se uti­liza un sustantivo plural para indicar una realidad singular. Pese a su gran diversidad, la Biblia se comprende como una unidad, o mejor, como una unidad plural.
De ahí surge, como primera conse­cuencia, que un pasaje no puede in­terpretarse aisladamente. Es decir, es como si yo me leo el capítulo de una novela, ignorando que dicha no­vela cuenta con cincuenta capítulos más. En cuanto que cada capítulo constituye una unidad en sí mismo, seguramente lo entenderé. Sin em­bargo, descontextualizado, corro el riesgo de interpretarlo mal o de no comprenderlo en toda su riqueza.
Actualmente existe un método de interpretación que se denomina «ca­nónico» y que, precisamente, parte de este principio. Un pasaje no sólo no debe estudiarse fuera de su con­texto inmediato, sino que hay que estudiarlo en su contexto más amplio que es el libro del que forma parte y, últimamente, dentro del con­texto de toda la Escritura, ya que ésta se entiende como una unidad.
¿Por qué el Dios del AT es un Dios violento mientras el Dios que nos revela Jesús es otra cosa?
Me parece que esta pregunta se ha convertido en un tópico y, aunque comprendo que tiene una parte de realidad, el planteamiento es más complejo, pues hay que matizar muchos aspectos.
Ahora bien, en conexión con la pregunta anterior, si la Biblia es un libro que se comprende como unidad, hay una «progresión», el mensaje que se va proporcionando al lector se va pautando y no se le da de golpe.
Progresión
Es como si en el primer capitulo de una novela nos contaran todo, pues ya no la leeríamos. Pero no solo por eso, siendo el objetivo de la Biblia comunicarnos una experiencia de fe, la imagen que se va teniendo de Dios va variando, ya que el camino de fe tiene diferentes etapas.
Pensad en vuestra experiencia; no es lo mis­mo la imagen de Dios que teníais en la pri­mera comunión que del Dios cuando se te muere un amigo en un accidente de moto. Y, todo es experiencia de fe, incluidas las cri­sis. Lo mismo pasa en un matrimonio. Tú te casas con una persona que piensas que es de una manera y, a medida que pasa el tiem­po y vienen alegrías y dolor, salud y enfer­medad, vas descubriendo nuevas facetas.
Por eso, la opinión de que el Dios del AT es violento y el del NT misericordioso, peca de simple. Si realmente hubiera sido así - esto es, «Dio­ses» tan distintos -, a la Iglesia primitiva le hubiera bastado con sus escritos del NT y no tendría por qué haber incorporado la experiencia de fe del AT. De nuevo, una respuesta «receta para todo» no vale. Habría que ir viendo pasaje por pasaje.
Relatos bíblicos y cuentos
Como en el caso de los cuentos, tenemos que tener en cuenta el género literario y leer los relatos bíblicos como lo que son, para captar el mensaje que se quiere comunicar.
¿Por qué hay cuatro evangelios, si prácticamente dicen lo mismo?
En el caso de los Evangelios, eso de que «di­cen prácticamente lo mismo» sería solamen­te aplicable a los Evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) y, no tanto al Evangelio de Juan que es distinto. Se podría responder que son diferen­tes perspectivas de ver, interpretar y vivir un mismo acontecimiento. Sin embargo, estas cuatro visiones apenas se contradicen, más bien se complementan.
Ahora bien, existen otros pasajes que si pa­recen contradecirse. Gé­nesis 1 y 2 son dos relatos de la creación muy distintos. En uno, lo último que se crea es el ser humano y, en el otro, lo primero; en uno es creado por la Pala­bra - dijo y existió -, mientras que en el se­gundo nace del barro; en uno la creación sucede en siete días, en el otro no se dice; en uno se habla de macho y hembra, en el otro de Adan y Eva, etc. ¿Cómo se explica esto?
Confluencia de contrarios
Los autores afirmaron claramente que venimos de Dios, que no somos una casualidad, que Dios quiso que existiéramos y participó en esta creación, ahora bien, el modo, lo que tardo, etc, son cuestio­nes secundarias, pues en estos aspectos los relatos divergen. Es más, ellos lo expresan con las catego­rías, la cosmogonía y antropología de la época. 
Marta GARCIA FERNANDEZ (Revista Catequistas, 2012, nº220)

La verdad de la vida


martes, 8 de mayo de 2012

... de colores

La vida es un instante que pasa y no vuelve. Comienza con un fresco amanecer; y como un atardecer sereno se nos va. De nosotros depende que el sol de nuestra vida, cuando se despida del cielo llamado “historia”, coloreé con hermosos colores su despedida. Colores que sean los recuerdos bonitos que guarden de nosotros las personas que vivieron a nuestro lado.

El cielo

Hans Kessler: «Dios no está donde está el Cielo, sino que donde está Dios es el Cielo»

Los homosexuales y el infierno

No sabemos lo que es la homosexualidad. Sabemos que no es una enfermedad ni una disfunción, pero aún no conocemos los mecanismos responsables de la orientación de una persona hacia la gente de su mismo sexo. Unos elementales conocimientos de antropología revelan que el ser humano es un todo complejo, un ser construido en un proceso donde lo genético, lo biológico, lo psicológico, lo social y lo cultural interactúan, se retroalimentan y se constituyen mutuamente, entrelazados durante todo el desarrollo de nuestra existencia.
Hace décadas que las ciencias sociales nos enseñan que la raza, el sexo o la paternidad no son hechos biológicos, sino realidades construidas culturalmente. La extraordinaria plasticidad de nuestro cerebro (el órgano sexual por excelencia), que parece hacerse más enigmático a medida que la neurobiología se adentra en él, viene a desdibujar cada vez más las presuntas certezas sobre qué, cómo, en qué momento y por qué sienten los homosexuales.
Es algo tan sumamente complejo, con tantos relieves, que escapa a cualquier intento de análisis simplista: no todo lo explica la genética, por supuesto, ni tampoco la educación; y menos supuestas comeduras de coco de ciertas ideologías. Por eso, entre otras razones, la homosexualidad ha de ser tratada como mínimo con cautela y respeto, como por cierto hace el Catecismo.
Mis años de ordenación ya me dan para conocer a muchas personas que viven divididas, sufriendo enormemente desde jóvenes: responden durante años a patrones socialmente correctos (hombres felizmente casados y con hijos, por ejemplo) reprimiendo su tendencia homosexual, que cargan durante años como una losa de íntima vergüenza y remordimientos. Es un hecho que ellos son así; no está claro si nacieron así, o se hicieron así, o todo lo contrario, pero el caso es que son homosexuales. ¿Realmente se puede pensar que hay en eso culpa alguna?
Por supuesto que hay homosexuales pervertidos, que van a clubes y se prostituyen… seguramente en la misma proporción que heterosexuales igualmente pervertidos que van a los clubes de enfrente. Lo injusto es generalizar, como si ser homosexual fuese equivalente a ser pervertido. Y el caso es que nos duele cuando a los curas nos meten a todos en el mismo saco de los pederastas, como si no hubiera sacerdotes santos: los hay, lo mismo que hay homosexuales ejemplares y heterosexuales excepcionales.
Pero parece que los heteros viciosos no merecen recurrente y pública reprobación, mientras que los gais son enviados al infierno varias veces por semana. El caso es que en el Evangelio Jesús no toca el tema; lo que más se acerca es lo de las prostitutas, y de ellas dice que “os llevan la delantera en el Reino de los cielos” (Mt 21, 31). Seguramente por ser heteros, claro.
César Luis Caro