“Se le apareció en sueños un ángel del Señor
que le dijo: «José, hijo de David, no tengas acoger a María, tu mujer, porque
la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú
le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.” (Mt 1)
Ocurrió hace unas semanas. El niño Jesús acompaña a José, su
padre, a casa de Mateo para llevar unos tablones. Por el camino advierten los
restos ennegrecidos de la casa de Tamar. Pobre muchacha. Viuda, sola, y ahora
leprosa… ¿Qué va a ser de ella? Cuando hace poco más de un mes se supo en el
pueblo se convirtió en una apestada. La expulsaron, y quemaron su hogar. Desde
la muerte de su esposo el pequeño Jesús solía hablar con ella, llevarle leña…
Tal vez por eso al ver los maderos carbonizados padre e hijo se quedan en
silencio. Tras unos minutos caminando, sin decir nada, Jesús le pregunta:
– «¿Es
leprosa porque Dios se ha enfadado con ella?»
José no sabe bien qué contestar, pero Jesús, como siempre,
contesta a sus propias preguntas:
– «No, Dios no puede ser tan cruel».
José le mira sorprendido. Entonces, dice al niño:
– «Sí, Dios
es bueno».
Jesús sonríe, confirmado en sus intuiciones, y siguen en silencio.
A la vuelta de casa de Mateo, Jesús vuelve a la carga:
– «Papá,
¿cómo de bueno es Dios?»
– «¿Qué
quieres decir, Jesús?»
– «¿Es bueno
como el rabí?» pregunta Jesús niño.
– «Es mejor que el rabí»,
dice José sin saber muy bien cómo va a explicar esto. “Ya puede ser Dios mejor que nuestro rabí orgulloso y exigente, que
cuando le oyes hablar de los libros sagrados sales de la sinagoga con el
corazón encogido” piensa para sus adentros José. Pero Jesús no pide
aclaraciones.
– «¿Es bueno
como un pastor cuando cuida el ganado?»
José duda, pues sabe que en la escala de valoración del niño los
pastores están muy alto, mucho más que en el conjunto de la sociedad judía.
– «No, Jesús,
creo que Dios es mejor que un pastor».
– «¿Es Dios
bueno como un padre?» pregunta
Jesús.
José no duda esta vez. Sabe que él es tan pecador, y a menudo se
siente tan indigno, que Dios no puede ser como él.
– «No, Jesús,
Dios es mejor que un padre».
El niño Jesús calla, y luego se ríe. José le mira, preguntándose
qué vendrá ahora.
– «Papá, Dios
no puede ser más bueno que tú».
Lo dice sin bromear, con la seriedad que a veces asoma en sus ojos
profundos, y en ellos ve el carpintero admiración, y gratitud, y confianza, y
amor, y hasta se atreve a descubrir un poco de verdad. José siente un nudo en
la garganta, y los ojos se le llenan de lágrimas. Camina rápido, pues no quiere
que Jesús le vea así.
José María Rodríguez Olaizola (“Contemplaciones
de papel”)