jueves, 24 de enero de 2013

El Cielo: intimidad con Dios



Cuando haya pasado la figura de este mundo, los que hayan acogido a Dios en su vida y se hayan abierto sinceramente a su amor, por lo menos en el momento de la muerte, podrán gozar de la plenitud de comunión con Dios, que constituye la meta de la existencia humana. Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, «esta vida perfecta con la santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo". El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha» (n. 1024). En el marco de la Revelación sabemos que el «cielo» o la «bienaventuranza» en la que nos encontraremos no es una abstracción, ni tampoco un lugar físico entre las nubes, sino una relación viva y personal con la santísima Trinidad. Es preciso mantener siempre cierta sobriedad al describir estas realidades últimas, ya que su representación resulta siempre inadecuada. Hoy el lenguaje personalista logra reflejar de una forma menos impropia la situación de felicidad y paz en que nos situará la comunión definitiva con Dios. El Catecismo de la Iglesia católica sintetiza la enseñanza eclesial sobre esta verdad afirmando que, «por su muerte y su resurrección, Jesucristo nos ha "abierto" el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, que asocia a su glorificación celestial a quienes han creído en Él y han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a él» (n. 1026). Con todo, esta situación final se puede anticipar de alguna manera hoy, tanto en la vida sacramental, cuyo centro es la Eucaristía, como en el don de sí mismo mediante la caridad fraterna. Si sabemos gozar ordenadamente de los bienes que el Señor nos regala cada día, experimentaremos ya la alegría y la paz de que un día gozaremos plenamente.

Juan Pablo II, junio de 1999

Cuando ya nadie



"Cuando ya nadie me escucha, 
Dios todavía me escucha. 
Cuando ya no puedo hablar con ninguno, 
ni invocar a nadie, 
siempre puedo hablar con Dios. 
Si me veo relegado a la extrema soledad...; 
el que reza nunca está totalmente solo." 
(Spe Salvi 32)

La rana



Un grupo de ranas viajaba por el bosque, cuando de repente dos de ellas cayeron en un pozo profundo. Las demás se reunieron alrededor del agujero y, cuando vieron lo hondo que era, le dijeron a las caídas que, para efectos prácticos, debían darse por muertas. Sin embargo, ellas seguían tratando de salir del hoyo con todas sus fuerzas. Las otras les decían que esos esfuerzos serían inútiles. Finalmente, una de las ranas atendió a lo que las demás decían, se dio por vencida y murió. La otra continuó saltando con tanto esfuerzo como le era posible. La multitud le gritaba que era inútil pero la rana seguía saltando, cada vez con más fuerza, hasta que finalmente salió del hoyo. Las otras le preguntaron: “¿No escuchabas lo que te decíamos?” La ranita les explicó que era sorda, y creía que las demás estaban animando desde el borde a esforzarse más y más para salir del hueco.

La palabra tiene poder de vida y de muerte. Una voz de aliento a alguien que se siente desanimado puede ayudarle a terminar de día, mientras que una palabra negativa puede acabar por destruirlo. Cualquiera puede decir palabras que roben a los demás el espíritu que les permite seguir la lucha en medio de tiempos difíciles. Tengamos cuidado con lo que decimos, pero sobre todo con lo que escuchamos.

Proverbios 18,21: “La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos.”

martes, 22 de enero de 2013

Ponerse en presencia de Dios



Con cierta frecuencia, al comienzo de las celebraciones litúrgicas, el presidente exhorta a los fieles a ponerse en presencia de Dios. ¿Qué puede significar esto? Si lo pensamos bien resulta una invitación un tanto extraña, puesto que los creyentes sabemos que, dado que Dios está en todas partes, siempre estamos en su presencia. Ahora bien, hay dos maneras de estar en presencia de alguien, una manera inconsciente y otra consciente. Exhortar a alguien a ponerse en presencia de Dios, equivaldría a invitarle a cobrar conciencia de una presencia que ya está siempre ahí. Con todo, se trata de una presencia extraña. En todo caso, no es una presencia como la que se da cuando estamos frente a otra persona, ni siquiera es una presencia como la que se da frente a alguien distante o invisible. Dios es trascendente, y su presencia no puede en modo alguno compararse con una presencia humana. No es la presencia de alguien muy grande, o muy invisible, o muy distante. Es otra cosa. Una presencia omniabarcante, aunque invisible y silenciosa para los ojos de la carne.
Ponerse en la presencia de Dios supone una determinada actitud. Más aún, una forma de vivir, la del que ha dejado de mirarse a sí mismo, de considerarse el centro de toda la realidad, para ser así consciente de que todo lo ha recibido, que todo es gracia, que nada, ni siquiera la vida, le pertenece, porque la vida es un don. No es decir “aquí estoy yo”, sino “aquí me tienes”. Es cobrar conciencia de que hay una Presencia que desde siempre nos habita, nos reclama y requiere nuestra adhesión. Es dejar de considerarse un sujeto posesivo, para ser sujeto convocado, vulnerable, y a la entera disposición de la Presencia misteriosa que nos llama, nos envuelve y nos sostiene.
Ponerse en presencia de Dios es ser consciente de que nosotros no somos dioses, sino seres limitados; más aún, egoístas, pecadores. Y estar dispuesto, al menos dispuesto, a renunciar a nuestro pecado. Ahora bien, sólo con la conciencia del pecado y de la miseria podríamos hundirnos. Por eso, al sentimiento de la pequeñez, hay que juntar el de la grandeza. La vida es un regalo, sí, pero es el regalo que nos hace un Padre amoroso, que nos sostiene, nos hace hijos suyos y quiere nuestra felicidad. Su presencia misteriosa no es opresiva, ni acusadora, ni paralizadora, sino liberadora y consoladora. Es la presencia del amor, nunca manipulable, pero siempre atento. A la luz de Dios descubrimos no solo la miseria de nuestra condición, sino la grandeza de nuestro destino.
Martín Gelabert Ballester, OP

lunes, 21 de enero de 2013

Domingo 27 de Enero

Comentario al Evangelio del domingo tercero del Tiempo Ordinario-C

domingo, 20 de enero de 2013

¿Desgracia u ocasión?



Un rey no creía en la bondad de Dios. Tenía un siervo que en todas las situaciones le decía: “Mi rey, no desanime porque todo lo que Dios hace es perfecto, ¡Él no se equivoca!”
Un día ellos salieron para cazar y una fiera atacó al rey. Su siervo consiguió matar al animal, mas no pudo evitar que el rey perdiese un dedo de la mano.
Furioso y sin mostrar gratitud por haber sido salvado, el Rey dijo: “¿Dios es bueno? Si Él fuese bueno yo no habría sido atacado y perdido mi dedo.”
El siervo le respondió: “Mi Rey, a pesar de todas esas cosas, sólo puedo decirle que Dios es bueno y Él sabe el porqué de todas las cosas. Lo que Dios hace es perfecto. ¡Él nunca se equivoca!”
Indignado con la respuesta, el rey mandó que encarcelaran a su siervo. Tiempos después, salió para otra cacería y fue capturado por salvajes que hacían sacrificios humanos.
En el altar, listos para sacrificar al rey, los salvajes percibieron que la víctima no tenía uno de los dedos y lo soltaron: él no era perfecto para ser ofrecido a los dioses.
Al volver para el palacio, mandó a soltar a su siervo y lo recibió muy afectuosamente. Le dijo:
“¡Dios fue realmente bueno conmigo! Escapé de ser sacrificado por los salvajes, justamente por no tener un dedo! Pero tengo una duda: Si Dios es tan bueno, ¿por qué permitió que tú, que tanto lo defiendes, fueras a la cárcel?”
“Mi rey, si yo hubiese ido con usted en esa cacería, habría sido sacrificado en su lugar, pues no me falta ningún dedo. Por eso, recuerde: todo lo que Dios hace es perfecto: ¡Él nunca se equivoca!”
 Muchas veces nos quejamos de la vida y de las desgracias que nos suceden. Pero lo cierto es que, lo que aparentemente es una desgracia, se puede convertir en una ocasión. Y, todavía más cierto es que, pase lo que pase, Dios no nos deja nunca de su mano.
 ¡Señor mío y Dios mío, Padre bueno que velas por mí día y noche!: dame una fe grande para confiar en Ti cuando me sienta sólo y sin fuerzas!