sábado, 13 de diciembre de 2014

Momentos de la Santa Misa



– Entrada. Para entrar hemos tenido que salir de lo nuestro, de nuestra casa, de nuestras labores… Es como un pequeño éxodo. A Abrahán se le pidió salir de su tierra. Sólo dejando lo suyo se le aseguraba un futuro y una tierra. Sólo saliendo de lo nuestro y dejándolo a un lado, al menos por unos instantes, podemos encontrar a los que buscan al Señor y al Señor que nos está buscando, llamando. «Ir a misa», «ir a la Eucaristía» tiene ya sentido. Nos recuerda que somos personas en éxodo, en peregrinación hacia un futuro y una promesa en la casa del Padre. «Ir a misa» es un camino que recorremos dejando lo nuestro, a pesar de que tenemos muchas cosas que hacer y poco tiempo para encontrarnos con otros y hacer comunidad, pueblo que busca al Señor. Muchos no son capaces de emprender este pequeño éxodo porque las cosas, las ocupaciones, o el calor de la casa y de los suyos (sólo los suyos) es más importante que la llamada de Dios a la reunión. Quienes han sabido cortar todo para encontrarse con otros, al iniciar la celebración, son saludados, recibidos e invitados a formar un grupo convocado por el Señor. Éstos saben muy bien que la asamblea cristiana reunida para la celebración de la Eucaristía no es algo privado; están allí porque han sido convocados todos por el mismo Señor. Las invitaciones para la celebración no están (no tendrían que estar) firmadas por distintos convocantes (no vamos a la celebración para ver a… ni porque la misa la celebra tal…). Si fuera así, comenzamos ya dispersos y sin ideas claras de quién es el Señor Dios nuestro. Es el Señor quien nos reúne y quien nos invita a salir de lo nuestro para encontrarnos con Él. En la celebración, lo aquí explicado está ritualizado en: saludo del presidente, invitación a reconocerse pecadores, oración que hace uno (el presidente) en nombre de todos.
- Escucha de la Palabra. Constituida la asamblea, ésta escucha la voz de Dios a través de la proclamación de los relatos bíblicos. Escuchar es tener la posibilidad de conocer y reconocer más y más a Dios. No es que el creyente escuche a Dios solamente en la celebración. Es que el creyente tiene una vida de escucha a Dios, vive escuchando a Dios habitualmente en su vida ordinaria. Hay momentos privilegiados para la escucha: cuando estamos reunidos como asamblea. Como la Palabra de Dios no es siempre fácil, uno de la asamblea (ordinariamente el presidente) intenta explicar a todos el sentido de lo escuchado. Es la homilía. Son muchos los hombres y mujeres que miden la calidad de una celebración por la calidad de las palabras del presidente en la homilía. Aquí hay una importantísima responsabilidad para quienes presiden la asamblea eucarística. Son ellos los primeros que tienen que alimentarse de la Palabra para servir de altavoces a todos los demás congregados. En comunidades pequeñas y otros grupos no sólo habla el presidente, sino que participan los que quieren, aportando nuevas dimensiones a la Palabra de Dios escuchada, con sus intervenciones. La escucha de la Palabra termina con la oración universal o de los fieles. Es una manera de manifestar que los reunidos no piensan en ellos mismos. Congregados como están por el Señor, le presentan las necesidades de la Iglesia, de los hombres y del mundo entero.
- Liturgia eucarística. Está compuesta de muchos elementos que se apoyan y entrelazan mutuamente. Comienza por la presentación de los dones (ofertorio). Todo lo que los hombres hacemos y transformamos queda representado en el pan y el vino. Dios se hace presente en todo lo que hacemos (pan) y en todo lo que vivimos (vino); porque le hacemos presente y para seguir haciéndole presente, transformando el mundo, traemos el pan y el vino. Lo que recibimos de Él es lo que presentamos y lo que se nos devolverá como pan de vida y bebida de salvación. Después de una oración, sigue la plegaria eucarística o acción de gracias: «Es justo, es necesario, es nuestro deber darte gracias…». Es la plegaria de quien reconoce a Dios como único Señor de quien todo nos viene y su obra de salvación. Sólo quien no le reconoce está inhábil para dar gracias. En el corazón de la plegaria eucarística se coloca el memorial de la institución: Aquella noche, reunido con los suyos, dijo, «Tomad y comed», «Tomad y bebed», «Haced esto de generación en generación». El creyente vive haciendo memoria de la entrega de su Señor, y al hacer esta memoria, él mismo entra en el dinamismo de la entrega, de perder la vida como modo mejor de dar vida. Celebrar la Eucaristía es comprometerse a vivir para implicarse en la causa del Señor Jesús, por la fuerza del Espíritu.
- Comunión. El pan y vino bendecidos están ahí. La asamblea se prepara para recibirlos. En primer lugar confiesan a Dios como Padre (oración del padrenuestro), llaman a los demás hermanos y se acogen recordando las palabras del Señor: «Si vas al altar y te acuerdas de que estás enfadado con alguien, deja tu ofrenda, reconcíliate con el hermano, después, vuelve al altar» (gesto de la paz); participan en el pan y el vino consagrados (comunión); piden ser capaces de hacer en la vida lo que se ha hecho en la celebración (oración).
- Despedida. Aquí Dios ha partido pan y se ha entregado. Aquí, en la asamblea reunida, Dios ha hablado a todos y a cada uno. Aquí han pasado cosas ‘divinas’, id, pues, al mundo entero a hacer lo mismo, a seguir haciendo la Eucaristía. Seguid viviendo en escucha, en ofrenda, en entrega por los demás. Sí, id a la gran mesa del mundo y allí, sin ritos, sin nada, seguid haciendo la Eucaristía de manera callada, como levadura en la masa anónima de los hombres y mujeres que os encontréis. Id a dar de comer a todos el pan y el vino que habéis comido. Escuchad las palabras de Jesús: «Ahora, dadles vosotros de comer». Él nos dio primero comida y nos dijo que hay muchos que viven con hambre, esperando el pan y el vaso de agua… Así se despide a los convocados. Acaba la Misa aquí, para seguir celebrándola en todas las partes. La gran Eucaristía es, desde ese momento final, el mundo donde un creyente esté presente.

martes, 9 de diciembre de 2014

¿Pero Dios realmente nos escucha?



No pocas personas cuando comienzan a orar o perseveran en un camino de oración se ponen la pregunta si realmente Dios les escucha o más bien toda la vida de oración es un producto de su mente, de su fantasía desorbitada, de su afán de que Dios realmente exista y nos oiga para poder ser consolados y así eludir el drama de la vida en su dureza y realismo. La oración no sería otra cosa que una pía consolación para nuestra existencia, muchas veces tan llena de dolores, sufrimientos, golpes, contratiempos, reveses. Otros sí creen que Dios existe pero que Él está demasiado "ocupado" para poner atención a nuestras pequeñas cosas, que tienes Él otras muchas más importantes que las nuestras y que nuestras peticiones, a veces ridículas, no le interesan para nada. La pregunta puede estar ahí en nuestro corazón como algo que lo corroe y le quita fuerzas. La duda puede surgir. Pero hay que responder con fuerza de modo afirmativo: ¡Sí, Dios sí nos escucha! Y el único modo que tenemos de saberlo es por la fe, a no ser que Dios quiera darnos algún signo especial en algún caso extraordinario. Jesús lo ha dicho claramente en el Evangelio: "Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá, porque el que pide, recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abrirá" (Mt 7, 7-8). Él no dijo: "pedid y a lo mejor se os dará, buscad y es posible que encontraréis, llamad y quizás se os abrirá". No, dijo claramente que la petición será oída y tenida en cuenta. Claro todo lo que se pida como favor o gracia concreta que supera las formas ordinarias de acción divina y que son un milagro hay que hacerlo añadiendo: "si es ésta tu voluntad". Lo que pasa es que con frecuencia no creemos del todo a las palabras de Jesús. Pensamos que Él se ha olvidado de nosotros, que no le interesamos, que en el fondo que no nos ama. Eso es. Dudamos de su amor. Y no nos sentimos amados por Él. Y esto le duele mucho a Él, porque Él nos ama de un amor infinito. Él ha sido paciente con nosotros, ha sido amable, ha dado su vida por nosotros, nos ha dicho de mil modos que nos ama. Y luego nosotros dudamos de su amor. No le creemos. No lo aceptamos. Sin duda ninguna debe ser ésta una gran herida abierta en su Corazón. Pero sí, Dios nos escucha. Escucha nuestras palabras, pero sobre todo escucha nuestro corazón, los quejidos de nuestro corazón, los gritos inenarrables de nuestro corazón. ¿Cómo no nos va a escuchar Él que vive en nosotros por la gracia? ¿Cómo no nos va escuchar quien ha querido dar su vida por nosotros? ¿Cómo no nos va a escuchar el que no espera más que un gesto nuestro para hacerse presente en nuestra vida? ¡La fe es tan sencilla! Dios en realidad, ¡pide tan poco! No seamos incrédulos sino creyentes. Sintamos el gozo de sentirnos amados por Él, de sentirnos escuchados, de sentirnos sus hijos.

¿Cómo contemplar a Cristo crucificado?



Al hablar de la meditación se escucha mucho la expresión: ¡baja las ideas al corazón! ¿Qué significa esto? Significa que la meditación debe ser sobre todo un acto de amor. Debemos tratar de penetrar el misterio de Dios y Su Palabra con la inteligencia, iluminada por la fe; luego buscar a Dios con la voluntad y expresarle afectos de adoración, gratitud, compunción del corazón, etc. Finalmente, o desde el inicio a ser posible, llegar a lo más profundo del encuentro: gustar su presencia en la intimidad del corazón. Quien practica el método de la Lectio divina sabe que sus primeros momentos son la lectura meditativa y la reflexión sobre el contenido y el sentido de la Palabra de Dios, pero tras la lectura y la "meditación" (lectio y meditatio) vienen los pasos llamados oratio y contemplatio: oración y contemplación que llevan al encuentro profundo y transformante con Dios. Las ideas, las reflexiones, no son despreciables, pero sí hay que bajarlas al corazón. No es mala oración ni es perder el tiempo profundizar el significado de las palabras de Cristo y preguntarle qué quiere decirme hoy a mí. Pero si vamos más allá, es mejor: si ponemos el misterio en el altar del propio corazón, conocemos a Jesús de primera mano, con la ayuda del Espíritu Santo. Primero encontramos a Cristo Maestro, luego a Cristo Amigo, finalmente a Cristo Esposo. Primero el conocimiento, luego el afecto, luego el amor. Por ejemplo: para meditar en la pasión del Señor podemos leer una parte de la narración de la pasión en alguno de los evangelios (Mt 26-27; Mc 14-15; Lc 22-23; Jn 13-19) y plantear preguntas como: ¿qué sucede? ¿quién se entrega?, ¿cómo muere?, ¿cuándo?, ¿porqué?, ¿por quién?... Al escuchar las palabras del Maestro en la última cena y sobre la cruz, tratamos de entender lo que dice, observar su comportamiento y sacar lecciones... Hecho esto tratamos de penetrar los sentimientos de Cristo mientras sube a Jerusalén, durante la última cena, en Getsemaní, cuando Pedro niega conocerle..., queremos dejarnos tocar por el sufrimiento de Cristo Amigo, sentir compasión, expresarle gratitud, darle amor y compañía. Luego, mientras contemplamos la imagen de Cristo en la Cruz, llevamos el misterio de su pasión a nuestro corazón: busco recordar lo que hizo por mí, gustar la grandeza de su amor redentor. Tomar la mano de María al pie de la cruz, abrazarla, consolarla, mirar juntos a Jesús con un corazón agradecido. Podemos pronunciar interiormente las palabras: Perdón, Señor, perdón. Hacerlo con calma, con un corazón profundamente dolido. Repetirlo 5-10 veces, y luego guardar silencio. No hacen falta reflexiones, ni palabras, basta estar allí, recibiendo amor y dando amor. La sensibilidad, la inteligencia, la voluntad, se unifican todas en el corazón, acogiendo el misterio de manera simple y silenciosa en la sintonía de las virtudes teologales: «Aprenda el espiritual a estarse con advertencia amorosa en Dios, con sosiego de entendimiento, cuando no puede meditar, aunque le parezca que no hace nada; porque así, poco a poco y muy presto, se infundirá en su alma el divino sosiego y paz con admirables y subidas noticias de Dios, envueltas en divino amor». San Juan de la Cruz. El Espíritu Santo, que es el Espíritu de amor, se encargará de hacer de aquel encuentro tuyo con Cristo crucificado un encuentro de amor: al pronunciar Jesús ese tremendo "Tengo sed", vendrá en busca tuya, afinará tu oído para que aprendas a escuchar, tocará las fibras más sensibles de tu corazón profundo y unirá los dos corazones en el Calvario. Entonces, tu presencia cercana y fiel junto Cristo Redentor, será el mejor alivio para la sed que le atormenta. Eso es bajar las ideas al corazón.
Evaristo Sada LC

...y se hizo pan y vino


perdón y gracias...



Hoy, viajando en un autobús vi una hermosa muchacha con cabello de Oro, y expresión de alegría; envidié su hermosura.Al bajarse, la vi cojear. Tenía solo una pierna, y apoyada en su muleta, sonreía. PERDÓNAME SEÑOR, CUANDO ME QUEJO. TENGO DOS PIERNAS, Y EL MUNDO ES MÍO! Hoy, cuando me levanté escuché en el patio de mi casa los pájaros cantar alegremente mientras el sol bañaba con su manto toda la creación. Aún en mi cama, escuché el trinar de las aves y salió de mi corazón como un murmullo lleno de admiración la expresión- GRACIAS SEÑOR POR TODO LO QUE HOY ME DAS. Y entonces recordé las palabras de aquella poesía que dice:"Gracias a mi Cristo que me ha dado tanto. Me dio dos luceros que cuando los abro, perfecto distingo lo negro del blanco. Y en el alto cielo su fondo estrellado y en las multitudes los seres que yo amo". "Gracias a mi Cristo que me ha dado tanto. Me ha dado el sonido y el abecedario. Con él las palabras que pienso y declaro. Madre, amigo, hermano, y luz alumbrando, la ruta del alma del que estoy amando".

...en la adversidad



¿Estás soportando en este momento algún problema o adversidad? Recuerda que nada conseguirás quejándote o angustiándote. Confía en Dios, Él no permitirá que la prueba te aniquile, Más bien te dará fuerzas para seguir con valor y lograr mayores alturas.