martes, 30 de octubre de 2012

TODOS LOS SANTOS



HOMBRES Y MUJERES CUYAS VIDAS APUNTAN A DIOS. Hombres y mujeres cuyas historias dejaron huella, por la forma en que amaron, acariciaron, hablaron o actuaron. Hombres y mujeres conocidos, o anónimos. De todas las épocas. En todos los contextos.
Siempre ha habido gente capaz de dejar que, desde dentro, brotase con fuerza el torrente del Evangelio. Gente de carne y hueso. No son perfectos, al menos no con la perfección irreal de los puros. Sus historias tienen aciertos y errores. Su carácter, como tantos otros, es complejo. Tienen virtudes y defectos. Hay en sus vidas bien y pecado. Lo que marca la diferencia es que, en algún momento, se dejaron seducir por Jesús y su buena noticia. O, incluso sin conocerlo, su vida transmitió esa semilla de divinidad que llevamos dentro.

ABIERTOS A DIOS
Todos buscamos fuentes en las que se alimentan nuestros sueños y metas. Bebemos en la gente que conocemos. En los medios de comunicación y sus mil sucesos. En los libros. En nuestra propia historia, trenzada en conversaciones, ocurrencias, amores y desamores. Manantiales que dan fortaleza o motivos. Hay quien lo construye todo sobre historias concretas, cotidianas, que tienen algo de fugaz. Quizás todos lo hacemos, a veces. Pero hay quien es capaz de elevar la mirada, e intuir algo mayor, algo eterno, algo bueno. ESOS SON LOS SANTOS. Los que intuyen a Dios, de tal manera que les transforma por dentro. Entonces sus vidas irradian algo diferente. Sus palabras evocan una Palabra eterna. Sus gestos son una danza definitiva que dibuja siluetas de una verdad que intuimos.

ABIERTOS AL MUNDO
Los santos no se evaden, para refugiarse en una intimidad solo poblada por Dios. Al revés, la fe les abre al mundo. Les acerca al prójimo. Les llena de motivos para el encuentro. SON MAESTROS, SANADORES, ARTISTAS, QUE COMPARTEN LAS ZOZOBRAS Y LAS ALEGRÍAS DE LA GENTE. Disfrutan con la vida bien concreta y real, ríen alto y fuerte. A veces también lloran. Arriesgan, en ocasiones hasta dar la vida por enfrentarse a lo injusto. Como hizo Jesús, en cuyo espejo se miran. Otras veces es la suya una entrega más callada, más cotidiana, que va construyéndose en el día a día. Todos los santos del mundo y de la historia. Al recordarles, lo hacemos con gratitud, con admiración, pero también con la conciencia de que CADA UNO DE NOSOTROS ESTÁ LLAMADO A VIVIR EL EVANGELIO CON LA MISMA PASIÓN, HONDURA Y RADICALIDAD.
Pastoral SJ

Bienaventuranzas en el Año de la Fe



1.Bienaventurado si, en el Año de la Fe, no tienes tu corazón exclusivamente centrado en la riqueza, en el afán de tener. Te darás cuenta que, en la pobreza, encontrarás tu libertad y tu razón de ser: eres persona.
2.Bienaventurado si, en el Año de la Fe, eres manso. Comprenderás que, la violencia, solo engendra más violencia. Que la bondad, la paciencia o la humildad son como el imán: hace muchos amigos y verdaderos.
3.Bienaventurado si, en el Año de la Fe, sabes llorar. Cuando hasta ti lleguen las horas amargas tendrás cerca de ti alguien que te consuele y un pañuelo que enjugue tus lágrimas. Te acordarás de aquello: “amor, con amor se paga”. O, también, “manos que dais…qué esperáis?”.
4.Bienaventurado si, en el Año de la Fe, sigues luchando por la justicia allá donde estás. Si, los mandamientos, son señales que iluminan tu conducta. Procura dejar los juicios para Dios y, cuando estés frente a Él, recogerás el fruto de tu complicidad o de tus silencios.
5.Bienaventurado si, en el Año de la Fe, no dejas que nadie corrompa tu corazón; si, a tu corazón, le das la limpieza del amor y el brillo de la esperanza. En el Sacramento de la confesión encontrarás, además de un buen detergente, una Palabra del Señor, una palabra de sacerdote y una Bendición de Dios.
6.Bienaventurado si, en el Año de la Fe, eres valiente; si no te andas por las ramas a la hora de defender tus convicciones religiosas; si, además, procuras nutrirte y formarte en la historia del cristianismo y de la misma Iglesia. Si lo haces así un día, también Jesús, te defenderá y te reconocerá ante el Padre.
7.Bienaventurado si, en el Año de la Fe, no ocultas lo que eres y lo que profesas; si, ante un mundo en el que todo se relativiza, eres capaz de ser una señal de la presencia de Dios. Tu recompensa, aunque ahora te parezca incierta, será grande y eterna en el cielo.
8.Bienaventurado si, en el Año de la Fe, eres pacífico; si te alejas de las situaciones de conflicto pero no rehuyes de aquellos momentos en los que, tu palabra, es necesaria para la paz o para el bienestar de los más necesitados. Ser pacífico no es lo mismo que vivir ajeno a todo.
                Seamos bienaventurados, en este Año de la Fe, aprendiendo, meditando y llevando a la práctica estos 8 caminos de felicidad que son las bienaventuranzas.
                Seamos bienaventurados, en este Año de la Fe, poniendo en el eje de la rueda de nuestra vida a Cristo.
                Seamos bienaventurados, en este Año de la Fe, disfrutando con las cosas de Dios y con todo aquello que la Iglesia nos propone como pautas para vivir como Dios manda.
                Y es que, el Año de la Fe, es un recordatorio de cómo ser feliz y de cómo alejarnos de los caminos de la desdicha que el mundo nos presenta como patrón del disfrute.
Javier Leoz

sábado, 27 de octubre de 2012

Las celebraciones de Todos los Santos y de los fieles difuntos



Estas dos populares celebraciones tienen lugar los días 1 y 2 de noviembre.
Desde hace más de un milenio -a partir del siglo IX-, la Iglesia Católica celebra el 1 de noviembre la solemnidad litúrgica de Todos los Santos, día de precepto.
En ese mismo contexto celebrativo y temporal, los monjes benedictinos de la célebre abadía de Cluny, comenzaron también a celebrar al día siguiente -2 de noviembre- la conmemoración de los fieles difuntos, que pronto se extendió por toda la Iglesia y en el siglo XIV tenía también lugar en Roma.
Ambas están unidas por el denominador común de la vida eterna después de la vida terrena. Ambas han sido y siguen siendo muy populares hasta el que punto que el mes de noviembre es el mes de las ánimas, tiempo propicio, pues, para rezar por los difuntos y para reflexionar sobre la llamada doctrina de la Iglesia de los “Novísimos” o Escatología, que no es sino el dogma cristiano de la resurrección de los muertos y la respuesta al sentido de la vida y de la muerte.
1 de noviembre: Todos los Santos
El 1 de noviembre es la solemnidad litúrgica de Todos los Santos. Se trata de una popular y bien sentida fiesta cristiana, que al evocar a quienes nos han precedido en el camino de la fe y de la vida, gozan ya de la eterna bienaventuranza, son ya -por así decirlo- ciudadanos de pleno derecho del cielo, la patria común de toda la humanidad de todos los tiempos.
Esta solemnidad litúrgica, la Iglesia englobaba a todos los santos. Si durante el resto del año litúrgico se nos ofrecen las memorias de distintos y conocidos santos, en la fiesta del 1 de noviembre protagonistas, sobre todo, los santos anónimos, los santos desconocidos, los santos del pueblo, los santos de nuestras familias; santos, en definitiva, con rostro tan cercano hasta el punto se que no hay duda de que entre los santos del 1 de noviembre se incluyen amigos, paisanos, conocidos y familiares.
¿Y qué es ser santo? Afirmaba el Papa Benedicto XVI: “El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su perfecta verdad que éstas lo irán progresivamente transformando. Por esta belleza y verdad está dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que experimenta y transmite en el servicio humilde y desinteresado del prójimo”.
Santos de carne y hueso
La fiesta de Todos los Santos, es también una llamada apremiante a que vivamos todos nuestra vocación a la santidad según nuestros propios estados de vida, de consagración y de servicio. En este tema insistió mucho el Concilio Vaticano II. El capítulo V de su Constitución dogmática “Lumen Gentium” lleva por título “Universal vocación a la santidad en la Iglesia”.
La santidad no es patrimonio de algunos pocos privilegiados. Es el destino de todos, como fue, como lo ha sido para esa multitud de santos anónimos a quienes hoy celebramos.
2 de noviembre: los fieles difuntos
El 2 de noviembre es el día de la conmemoración de los fieles difuntos. Nuestros cementerios y, sobre todo, nuestro recuerdo y nuestro corazón se llenan de la memoria, de la oración ofrenda agradecida y emocionada a nuestros familiares y amigos difuntos.
La muerte es, sin duda, alguna la realidad más dolorosa, más misteriosa y, a la vez, más insoslayable de la condición humana. Sin embargo, Dios, al encarnarse en Jesucristo, no sólo ha asumido la muerte como etapa necesaria de la existencia humana, sino que la ha transcendido, la ha vencido. Ha dado la respuesta que esperaban y siguen esperando los siglos y la humanidad entera a la nuestra condición pasajera y caduca. La muerte ya no es final del camino. No vivimos para morir, sino que la muerte es la llave de la vida eterna, el clamor más profundo y definitivo del hombre de todas las épocas, que lleva en lo más profundo de su corazón el anhelo de la inmortalidad.
En el Evangelio y en todo el NT encontramos la luz y la respuesta a la muerte. Las vidas de los santos y su presencia tan viva y tan real entre nosotros, a pesar de haber fallecido, corroboran este dogma central del cristianismo que es la resurrección de la carne y la vida del mundo futuro, a imagen de Jesucristo, muerto y resucitado.
Morir se acaba
Meses antes de fallecer, en junio de 1990, ya muy visitado por la hermana enfermedad, el periodista, sacerdote, escritor y poeta José Luis Martín Descalzo, escribió, con jirones de su propio cuerpo y de su propia alma, versos bellísimos y tan cristianos sobre la muerte. Dicen así: “Morir sólo es morir. Morir se acaba./Morir es una hoguera fugitiva./Es cruzar una puerta a la deriva/y encontrar lo que tanto se buscaba./Acabar de llorar y hacer preguntas,/ver al Amor sin enigmas ni espejos;/descansar de vivir en la ternura;/tener la paz , la luz, la casa juntas/y hallar, dejando los dolores lejos,/la Noche-luz tras tanta noche oscura”.
Jesús de las Heras

viernes, 26 de octubre de 2012

La fe cristiana



La fe cristiana no es solo ni principalmente aceptar una serie de creencias propuestas por la Iglesia. Es, ante todo, un encuentro y un compromiso con la persona de Cristo resucitado, que transforma y compromete la vida entera. Sin esta transformación y compromiso no puede hablarse de fe. El cristiano no cree en “algo”, en dogmas, verdades o doctrinas. Cree en “alguien”. Las cosas no pueden llenar el corazón. El conocimiento de muchas y grandes verdades puede dejar a uno vacío. Sólo el encuentro amoroso puede satisfacer al ser humano.
                Sin duda, la fe cristiana tiene unos contenidos, pero hay que dejar muy claro que la confianza del creyente se dirige, ante todo y sobre todo, a una realidad personal. En la fe no se trata de un conocimiento de verdades o dogmas, sino de un encuentro personal con el Dios vivo. Como dice Benedicto XVI, “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Esta Persona es Jesús de Nazaret, Palabra hecha carne, que nos ha contado la intimidad de Dios y por medio del cual podemos llegar hasta el Padre.
                Como dice la carta a los romanos, hay que confesar con la boca que Jesús es el Señor, y para confesar hay que conocer, pero también hay que acoger este conocimiento en el corazón, para que transforme nuestra vida, pues “con el corazón se cree y con los labios se profesa” (Rm 10,10).

jueves, 25 de octubre de 2012

¿Puede la ciencia ayudar a comprender la Biblia?



Digo bien “la Biblia” y no “la Palabra de Dios”. Porque la naturaleza también es “Palabra de Dios”. Y la gramática para entender la naturaleza la proporciona la ciencia. Ya Buenaventura y Tomás de Aquino hablaban de dos Sagradas Escrituras que Dios ha dado a los hombres: el libro de la creación y la Biblia. Benedicto XVI se ha referido al libro de la naturaleza como palabra de Dios. Por tanto, si la misma Palabra de Dios se encuentra en dos escrituras, no puede haber contradicción entre ellas. Una puede ayudar a comprender la otra.
            La Biblia (término plural: “libros”) está escrita por autores humanos. Cada autor tiene su propio estilo y sus presupuestos culturales. Un texto se entiende cuando se tienen en cuenta estos condicionantes. Una novela no puede tomarse como relato histórico, ni entender como narración exacta de acontecimientos lo que está escrito en lenguaje poético, simbólico, o en forma de oración. No tener en cuenta estos principios ha supuesto muchos falsos conflictos entre fe y ciencia a la hora de interpretar los textos del Génesis sobre la creación del mundo y del ser humano. Es bueno recordar que Galileo, en su conflicto con el Santo Oficio, hizo notar el doble lenguaje de la ciencia y de la Biblia, un lenguaje no siempre coincidente y no fácilmente traducible desde la ciencia a la biblia y a la inversa.
            Los datos científicos no contradicen la Biblia. Pero sí que, en ocasiones, contradicen interpretaciones y lecturas teológicas de algunos pasajes bíblicos. Por tanto, los datos científicos pueden ayudar a entender mejor la Biblia, buscando una interpretación de la misma que no sea contradictoria con estos datos. Más aún, puesto que los autores bíblicos (por ejemplo los redactores del Génesis) estaban imbuidos, a su pesar, de una cosmología ya superada, la ciencia permite comprender mejor el texto bíblico, en la medida en que consigue determinar el estado de conocimientos habidos en el momento en que se escribió el texto. Así la ciencia ayuda a distinguir lo propio de la afirmación de fe y lo que es un ropaje que no tiene valor absoluto. Juan Pablo II reconoció, en distintas intervenciones, que para declarar que el mundo ha sido creado por Dios, la Biblia se expresa en los términos de la cosmología del tiempo del escritor y, por tanto, no avala de ningún modo una cosmología caduca.
            Finalmente, importa notar que la verdad no se limita a la exactitud de las mediciones científicas. Es de otro orden. Por esto, aunque el texto bíblico repose sobre una información científica superada, no pierde su verdad antropológica y teológica. Sigue siendo un texto revelado.
Martín Gelabert Ballester

martes, 23 de octubre de 2012