miércoles, 10 de octubre de 2012

Testimonio de Sor Lucy Vertrusc



Carta de una joven religiosa violada en la guerra en Bosnia-Herzegovina

                 "Soy Luci, una de las jóvenes religiosas que ha sido violada por los soldados serbios. Le escribo, Madre, después de lo que nos ha sucedió a mis hermanas  y a mí.
                Permítame no entrar en detalles del hecho, hay en la vida experiencias tan atroces que no pueden confiarse a nadie más que a Dios, a cuyo servicio, hace apenas un año, me consagré.
                Mi drama no es tanto la humillación que padecí como mujer, ni la ofensa incurable hecha a mi vocación de consagrada, sino la dificultad de incorporar a mi fe un evento que ciertamente forma parte de la misteriosa voluntad de Aquél, a quien siempre consideraré mi Esposo Divino.
                Hace pocos días que había leído "Diálogos de Carmelitas", y espontáneamente pedí al Señor la gracia de poder también yo morir mártir. Dios me tomó la palabra, pero ¡de qué manera! Ahora me encuentro en una angustiosa oscuridad interior. Ellos destruyeron mi plan de vida, que yo había considerado permanente; ahora, ellos me trazaron otro, el cual aún no logro develar.
                Cuando adolescente escribí en mi Diario: Nada es mío, no le pertenezco a nadie y nadie me pertenece a mí. Alguien, en cambio, me apresó una noche, que jamás quisiera recordar, me arrancó de mi misma, queriendo hacerme suya...
                Era ya de día cuando recuperé el sentido y mi primer pensamiento fue el de la agonía de Nuestro Señor en el Huerto. Dentro de mí se desencadenó una lucha terrible. Me preguntaba por qué Dios permitió qué yo fuese desgarrada, destruida precisamente en lo que era la razón de mi vida; pero, también me preguntaba a qué nueva vocación Él quería llamarme.
                Me levanté con esfuerzo y mientras ayudada por una hermana me enderezaba, me llegó el sonido de la campana del convento de las Agustinas, cercano al nuestro, que llamaba a la oración de las nueve de la mañana.
                Hice la señal de la cruz y recité mentalmente el himno litúrgico: En esta hora sobre el Gólgota, Cristo, verdadero Cordero Pascual, paga el rescate de nuestra salvación.
                ¿Qué es, Madre, mi sufrimiento y la ofensa recibida, comparados con el sufrimiento y la ofensa de Aquél por quien había jurado mil veces dar la vida? Dije despacio, muy despacio: que se cumpla tu voluntad, sobre todo ahora que no tengo dónde aferrarme y que mi única certeza es saber que Tú, Señor, estás conmigo.
                Madre, le escribo no para buscar consuelo, sino para que me ayude a dar gracias a Dios por haberme asociado a millares de compatriotas ofendidas en su honor y obligadas a una maternidad indeseada. Mi humillación se añade a la de ellas, y porque no tengo otra cosa que ofrecer en expiación por los pecados cometidos por los anónimos violadores y para reconciliación de las dos etnias enemigas, acepto la deshonra sufrida y la entrego a la misericordia de Dios.
No se sorprenda, Madre, si le pido que comparta conmigo un "gracias" que podría parecer absurdo. En estos meses he llorado un mar de lágrimas por mis dos hermanos asesinados por los mismos agresores que van aterrorizando nuestras ciudades, y pensaba que no podría sufrir más, ¡qué tan lejos estaba de imaginar lo que me habría de suceder!
                A diario llamaban a la puerta de nuestro convento centenares de criaturas hambrientas, tiritando de frío, con la desesperación en los ojos. Hace unas semanas una muchacha de dieciocho años me dijo: Dichosas ustedes que han elegido un lugar donde la maldad no puede entrar. Y añadió en voz baja: Ustedes no sabrán nunca lo que es la deshonra.
                Pensé largamente sobre ello y me convencí de que había una parte secreta del dolor de mi gente que se me escapaba y casi me avergoncé de haber sido excluida. Ahora soy una de ellas, una de las tantas mujeres anónimas de mi pueblo, con el cuerpo desbastado y el alma saqueada. El Señor me ha hecho penetrar en el misterio de esta  vergüenza. Es más, a mí, religiosa, me concedió el privilegio de conocer hasta el fondo la fuerza diabólica del mal.
                Sé que de hoy en adelante, las palabras de ánimo y de consuelo que podré arrancar de mi pobre corazón, ciertamente serán creíbles, porque mi historia es su historia, y mi resignación, sostenida por la fe, podrá servir si no de ejemplo, por lo menos de referencia de sus reacciones morales y efectivas.
                Basta un signo, una vocecita, una señal fraterna para poner en movimiento la esperanza de tantas criaturas desconocidas.  
                Dios me ha elegido -que Él me perdone esta presunción- para guiar a las más humilladas de mi pueblo hacia un alba de redención y de libertad. Ya no podrán dudar de la sinceridad de mis palabras, porque vengo, como ellas, de la frontera del envilecimiento y la profanación.
                Recuerdo que cuando frecuentaba en Roma la universidad para la Licenciatura en  Letras, una anciana eslava, profesora de literatura, me recitaba estos versos del poeta Alexej Mislovic: Tú no debes morir, porque fuiste elegida para estar del lado de la luz.
                Ahora ya todo pasó y al volver hacia atrás tengo la impresión de haber sufrido una terrible pesadilla. Todo ha pasado, Madre, pero, todo empieza. En su llamada telefónica, después de sus palabras de aliento, que le agradeceré toda la vida, usted me hizo una pregunta concreta: ¿Qué harás de la vida que te han impuesto en tu seno? Sentí que su voz temblaba al hacerme esa pregunta, pregunta a la que no creí oportuno responder de inmediato; no porque no hubiese reflexionado sobre el cambio a seguir, sino para no turbar sus eventuales proyectos respecto de mí. Yo ya decidí. Seré madre. El niño será mío y de nadie más. Sé que podría confiarlo a otras personas, pero él - aunque yo no lo quería ni lo esperaba- tiene el derecho a mi amor de madre. No se puede arrancar una planta con sus raíces. El grano de trigo caído en el surco tiene necesidad de crecer allí, donde el misterioso, aunque inicuo sembrador le echó para crecer.
                Realizaré mi vocación religiosa de otra manera. Nada pediré a mi congregación que me ha dado ya todo. Estoy muy agradecida por la fraterna solidaridad de las hermanas, que en este tiempo me han llenado de delicadezas y atenciones, y particularmente por no haberme importunado con preguntas indiscretas.
                Me iré con mi hijo, no sé adonde; pero Dios, que rompió de improviso mi mayor alegría, me indicará el camino a recorrer para hacer su voluntad.
                Volveré pobre, retomaré el viejo delantal y los zuecos que usan las mujeres los días de trabajo y me iré con mi madre a recoger en nuestros bosques la resina de la corteza de los árboles... Alguien tiene que empezar a romper la cadena de odio que destruye desde siempre nuestros países. Por eso, al hijo que vendrá le enseñaré sólo el amor. Este mi hijo, nacido de la violencia, testimoniará junto a mí la única grandeza que honra al ser humano: el perdón...

¿Qué debe cambiar?



Pensamos en cambiar el mundo, a las personas, las circunstancias de la vida... ¿Qué es lo más importante?
Siendo joven era un revolucionario y mi oración a Dios era:
- "Señor, dame la energía para cambiar al mundo."
Al llegar a los cuarenta y darme cuenta de que la mitad de mi vida se había ido sin que yo hubiese cambiado una sola alma, modifiqué mi oración:

- "Señor, dame la gracia para cambiar a todos aquellos con quienes tengo contacto, solamente mi familia y mis amigos y estaré satisfecho."
Ahora, que ya soy un anciano y mis días están contados, mi única oración es:

- "Señor, dame la gracia de cambiarme a mi mismo."
¡Si hubiera orado de esta forma desde el principio, no hubiese desperdiciado mi vida!

Personajes de la Biblia: María Magdalena



Ella era una mujer judía del pueblo de Magdala (hoy Migdal) a orillas del lago de Galilea y fue parte de aquel primer grupo de varones y mujeres que formaron la comunidad de  Jesús:
                Las mujeres y los doce acompañan a Jesús en su tarea evangelizadora. Si nos ubicamos en la cultura del siglo I, tanto en el ámbito judío como en el grecorromano, resulta bastante llamativo que una mujer "descuide su casa" para seguir a un maestro itinerante. Jesús pasa por alto esta norma social, y por eso, en su comunidad hay mujeres que participan activamente. Ellas además son servidoras, generosamente, con los bienes y el servicio material que aportan para el sostenimiento de la comunidad.
                En cuanto a la forma de identificar a las mujeres, esta identificación se daba habitualmente por el nombre del esposo o de los hijos. Así, en el evangelio encontramos por ejemplo a María de Cleofás (Jn 19,25), o a María la madre de Santiago y José (Mt 27,56). María es llamada Magdalena y esto es también insólito. Ella es identificada por su lugar de origen, como los varones (Jesús de Nazaret, José de Arimatea), y no por su relación con ningún varón ni con hijos. Si pensamos en una mujer que  ni está casada ni es madre,  y además emprende la aventura de salir con su Maestro por ciudades y pueblos anunciando el Reino de Dios, la imagen de María Magdalena aparece como la de una mujer que se entrega como discípula libre y totalmente.
                ¿Cómo entender la expresión de la que habían salido siete demonios? En primer lugar, descartemos toda referencia a la prostitución como muchos pretenden encontrar. Identificar siete demonios con prostitución no tiene ningún fundamento bíblico. ¿O acaso de  los posesos a los que Jesús libera algún teólogo ha dicho que eran prostitutos? Más bien, los evangelios muestran a los posesos como personas desequilibradas, que se hacen daño a sí mismas y pierden el control sobre sus actos, porque están dominadas por las fuerzas del mal (Mc 5,1-20; Mc 9,14-29). No más que esto podemos decir para entender los siete demonios de María Magdalena. El número siete nos habla de alguna situación realmente severa, no de algo trivial. De modo que María Magdalena es descripta como una mujer liberada del mal (mal que no hay por qué identificar con prostitución) y agradecida a su Salvador.
                María Magdalena, junto con otras mujeres discípulas, siguió  a Jesús a Jerusalén y permaneció fiel hasta la cruz. Ella es nombrada en primer lugar dentro del grupo de mujeres que permanecen en el Calvario (Mc 15,40-41). Y a ella antes que a nadie se apareció Jesucristo resucitado y la envió a dar la Buena Noticia (Jn 20,11-18). Con toda justicia la Iglesia de los primeros siglos reconoce en ella a la "apóstol de los apóstoles".
María Gloria Ladislao
Leer: Lc 8,1-3

viernes, 5 de octubre de 2012

Milagros...



Todos los días suceden milagros, tener vida es uno de ellos.
Tres personas iban caminando por una vereda de un bosque; un sabio con fama de hacer milagros, un poderoso terrateniente del lugar y, un poco atrás de ellos y escuchando la conversación, iba un joven estudiante alumno del sabio.
Fue entonces cuando el poderoso dirigiéndose al sabio dijo:
- Me han dicho en el pueblo que eres una persona muy poderosa y que inclusive puedes hacer milagros.
- Soy una persona vieja y cansada... ¿Cómo crees que yo podría hacer milagros? Respondió.
- Me han dicho que sanas a los enfermos, haces ver a los ciegos y vuelves cuerdos a los locos... esos milagros solo los puede hacer alguien muy poderoso.
- ¿Te referías a eso?... Tú lo has dicho, esos milagros solo los puede hacer alguien muy poderoso... no un viejo como yo. Esos milagros los hace Dios, yo solo pido se conceda un favor para el enfermo, o para el ciego, y todo el que tenga la fe suficiente en Dios puede hacer lo mismo.
- Yo quiero tener la misma fe para poder realizar los milagros que tu haces... muéstrame un milagro para poder creer en tu Dios.
Ante la insistencia de aquel hombre poderoso, el sabio aceptó mostrarle tres milagros. Y así, con la mirada serena y sin hacer ningún movimiento le preguntó:
- ¿Esta mañana volvió a salir el sol?
- Sí, claro que sí.
- Pues ahí tienes un milagro... el milagro de la luz.
- No, yo quiero ver un verdadero milagro, oculta el sol, saca agua de una piedra... mira, hay un conejo herido junto a la vereda, tócalo y sana sus heridas.
- ¿Quieres un verdadero milagro?, ¿No es verdad que tu esposa acaba de dar a luz hace algunos días?
- ¡Si! Fue varón y es mi primogénito.
- Ahí tienes el segundo milagro... el milagro de la vida.
- Sabio, tú no me entiendes, quiero ver un verdadero milagro.
- ¿Acaso no estamos en época de cosecha?, no hay trigo y sorgo donde hace unos meses solo había tierra?
- Sí, igual que todos los años.
- Pues ahí tienes el tercer milagro.
- Creo que no me he explicado. Lo que yo quiero…
Sus palabras fueron cortadas por el sabio, quien convencido de la obstinación de aquel hombre y seguro de no poder hacerle comprender la maravilla que existe en todo aquello que le había mostrado señaló:
- Te has explicado bien, yo ya hice todo lo que podía hacer por ti... Si lo que encontraste no es lo que buscabas, lamento desilusionarte, yo he hecho todo lo que podía hacer.
Dicho esto, el poderoso terrateniente se retiro muy desilusionado por no haber encontrado lo que buscaba. El sabio y su alumno se quedaron parados en la vereda. Cuando el poderoso terrateniente iba muy lejos como para ver lo que hacían el sabio y su alumno, el sabio se dirigió a la orilla de la vereda donde se encontraba un conejo malherido. Soplo sobre él y sus heridas quedaron curadas; el joven estaba algo desconcertado:
- Maestro te he visto hacer milagros como este casi todos los días, ¿Por qué te negaste a mostrarle uno al caballero?, ¿Por qué lo haces ahora que no puede verlo?
- Lo que él buscaba no era un milagro, sino un espectáculo. Le mostré tres milagros y no pudo verlos. Para ser rey primero hay que ser príncipe, para ser maestro primero hay que ser alumno... no puedes pedir grandes milagros si no has aprendido a valorar los pequeños milagros que se te muestran día a día.
 El día que aprendas a reconocer a Dios en todas las pequeñas cosas que ocurren en tu vida, ese día comprenderás que no necesitas más milagros que los que Dios te da todos los días sin que tu se los hayas pedido.

Dios y el mal



No hay persona humana que pueda dar respuesta a la pregunta por el origen del mal. Pero hay aproximaciones: Dios ha dado al ser humano la libertad. No quiere robots, no quiere esclavos, sino interlocutores libres. Los interlocutores libres responden a los ofrecimientos con un sí o con un no, aman o no aman, no se ven obligados.
Pero con la libertad surgen también las dificultades. Puedes decir que no, puedes hacerlo también con el amor de Dios y con el bien. Cuando Dios dice: te necesito, te llamo, los hombres pueden responder: no quiero, prefiero otra cosa, el dinero, una satisfacción rápida. Algunos hacen así desdichadas a otras personas –y, en definitiva, se hacen desdichados a sí mismos-. Y eso es lo que denominamos como el mal proveniente de la libertad. Los hombres no utilizan siempre su libertad para el bien. Destruyen a otros, destruyen el medio ambiente, se destruyen a sí mismos.
Si estuviésemos frente a la alternativa de ser personas humanas que no pueden hacer nada malo y carecen de libertad –robots o esclavos- o ser hombres libres, que aman, que pueden decir que sí o que no, mi respuesta sería: doy gracias a Dios por la libertad, con todo el riesgo que ella implica. El amor proviene del misterio de que Dios nos toma en serio como interlocutores.
Deberíamos de preguntarnos: ¿qué participación tengo yo mismo en la aparición de desgracias? ¿En qué medida soy responsable de ellas? ¿En qué medida lo soy de la destrucción del medio ambiente, del calentamiento global, de la desocupación, de la radicalización en la religión y entre los oprimidos? No debemos preguntar solamente: ¿por qué existe esto, Dios nuestro? Deberíamos preguntar también: ¿cuál es mi parta en esa situación y cómo puedo yo modificarla? Y además: ¿a qué restricciones y a qué renuncias estoy dispuesto, para que algo cambie?
Si no puedo responder la pregunta por el sufrimiento de manera fundamental, sí puedo preguntarle a mi propia vida: ¿dónde puedo hacer algo para que las cosas vayan mejor? Si lo hago, ya se produce el cambio de muchas desgracias. 
Dios quiere hombres que cuenten con su ayuda y su poder. Esos hombres pueden transformar la tierra y, sobre todo, transformar el sufrimiento y las injusticias, a fin de que el mundo llegue a ser como Dios lo ha creado, como Dios lo quiere: lleno de amor, justo, bien cuidado, interesante. Para ello nos querría como colaboradores.
Martini, C.M.: “Coloquios nocturnos en Jerusalén”