miércoles, 30 de mayo de 2012

Personajes de la Biblia: Job


Job: rebelde e inconformista
 Los estudiosos han llegado a la conclusión de que el libro de Job no relata una historia realmente sucedida, sino que nos encontramos ante un escrito de tipo didáctico que transmite unas enseñanzas a través de una ficción literaria.
Sin embargo, podemos afirmar que Job es un personaje real. Me explico. Aunque Job sea un personaje literario, sí existió el autor del libro de Job. Por tanto, lo que ese libro enseña nos está hablando de una persona real –fuese cual fuese su nombre, que desconocemos– que realmente pensó y sintió lo que acabó plasmando en el personaje literario Job.
Por otra parte, el título de este capítulo puede extrañar. Se suele hablar de «la paciencia del santo Job». No queremos quitar a Job su fama de santidad ni de paciencia. Sin embargo, quien lea con atención este libro verá que los tiros van por otro sitio.
 El libro no nos ofrece datos de tipo cronológico. Sin embargo, quizá podamos situar a Job a principios del siglo V antes de nuestra era.
Job es un hombre que ha experimentado duramente en su propia carne el dolor y el sufrimiento. Después de años de prosperidad económica y familiar, pierde todo: sus ganados, sus hijos, su salud... Parece que la desgracia se ceba en él, y además de manera repentina.
Sin embargo, el sufrimiento mayor no es el físico, sino el moral. En esa época se consideraba que Dios bendecía al hombre justo y castigaba al pecador. Hasta ahora Job había comprobado en cierto modo la validez de esta afirmación: él era un hombre religiosa y moralmente íntegro y todo le iba muy bien. Pero ahora...
Job experimenta una lucha interior tremenda. Por un lado, él tiene conciencia cierta de su fidelidad a su Dios. Pero según el criterio vigente en su época, esto llevaba a considerar injusto a Dios, pues no recompensaba a quien se había comportado rectamente, sino que más bien le afligía con sufrimientos. No había término medio: o Job había fallado, o Dios le estaba fallando a él.
Cuando llegan sus amigos para compadecerse de él, repiten los mismos principios. Elifaz, con la moderación del anciano; Sofar, con la impetuosidad del joven; y Bildad con su estilo equilibrado. Pero los tres reafirman idéntica convicción: si Job sufre, es que ha pecado; y aunque él crea lo contrario, Dios mismo le considera pecador.
Es entonces cuando Job protesta y se rebela. Su sufrimiento es evidente. Pero para él no menos evidente es su inocencia. Es un hecho irrefutable: Job sufre siendo inocente.
Sus amigos contra atacan, insistiendo en sus posturas, haciéndole ver que está dejando mal a Dios al hacerle pasar por injusto y cruel, por un Dios que maltrata al inocente. Pero Job no cede. Se aferra al hecho –para él evidente– de su inocencia y a los hechos que ha visto a lo largo de su vida también en otros. Esta insistencia en su inocencia hace que Job nos parezca orgulloso y arrogante. Pero es que él no puede ceder ante lo que considera un hecho probado.
Elihú interviene entonces para suavizar un poco las cosas: Dios a veces castiga para hacer expiar pecados inadvertidos o para prevenir otros más graves y curar de antemano el orgullo.
           Pero tampoco esto convence al inconformista Job, que llega incluso a retar a Dios. No entiende, no sabe el porqué de sus males, pero no cesa de indagar. No se conforma con las soluciones simplistas y se rebela contra ellas, pero no encuentra otras. No le valen los convencionalismos, las soluciones prefabricadas que –aunque aceptadas por la mayoría– en realidad no solucionan nada. Y acude a Dios mismo, el único que puede responder al porqué de su sufrimiento.
Y Dios responde. Le hace entender a Job que no es él quién para pedir cuentas a Dios. No puede juzgar a Dios, porque supera infinitamente su razón, es incomparablemente más sabio y poderoso que Job y que lo que Job pueda pensar.
Dios responde. Pero no da una solución. Job reconoce que ha hablado neciamente en su pretensión de acaparar a Dios: «Era yo el que empañaba el Consejo con razones sin sentido. Sí, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro» (42,3).
Job se ha encarado con Dios buscando de él mismo una respuesta. Y Dios le responde haciendo callar a Job y haciéndole entrar en su misterio. Debe fiarse de Él, aunque no entienda. Debe arrojarse entre las manos de Aquel que sabe lo que es bueno para el hombre, aunque este no comprenda.
Con ello Job no claudica de su inconformismo. No reniega de su empeño de encontrar un porqué. Más bien, se ha abierto a la luz superior de la fe. Ha superado la estrechez de su razón humana para zambullirse en el misterio de Dios. Y este misterio le libera, porque le catapulta a regiones ignotas, le levanta por encima de sí mismo.
En este forcejeo en la oscuridad Job ha acabado reconociendo que Dios es siempre más, que no se deja encerrar en fórmulas y conceptos y desborda nuestra lógica. Rebelde e inconformista, y aun pecando de orgulloso y arrogante, Job ha destrozado con su fe el techo de la sabiduría de este mundo. Aunque su sufrimiento siendo inocente permanece inexplicado, nos impresiona su profundo y radical acto de fe:
«Yo sé que mi Defensor está vivo
y que él, al final, se alzará sobre el polvo;
y después que mi piel se haya consumido,
con mi propia carne veré a Dios.
Yo mismo lo veré,
lo contemplarán mis ojos,
no los de un extraño» (19,25-27).
Todavía no hay respuesta. Esta aparecerá cuando en Jesús veamos al totalmente inocente sumergido en el máximo sufrimiento. Aparecerá cuando se abra el horizonte de la eternidad y entendamos que «los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos revelará» (Rom 8,18).
Todavía no hay respuesta. Pero Job no ha aceptado encerrarse en los estrechos límites de la lógica humana. Con su inconformismo y su búsqueda ha acabado abriéndose al misterio de Dios. El sufrimiento de este mundo no es castigo por pecados propios. Pero tampoco proviene de un Dios injusto que hace sufrir al hombre arbitrariamente. El sufrimiento tiene un sentido. Aunque él desconozca cuál.
Job no ha cesado de buscar y de indagar. Ha rechazado las respuestas simples y convencionales. Ha preguntado una y mil veces «por qué». Ha llegado a pecar de arrogancia, pero no se ha conformado con lo establecido, con lo de siempre.
       Por lo demás, también sus amigos pecan de arrogancia. Aparentemente dejan bien a Dios al evitar tenerle por injusto. Pero en realidad le dejan mal, pues pecan contra la verdad. Al trivializar la verdad, al negarse a reconocer la realidad, al quedarse tranquilos en sus pobres concepciones, se cierran a Dios, que es la verdad, y deforman su imagen.
Job en su inconformismo pregunta sin cesar. Pregunta a Dios. Y Dios abre su mente. Sus amigos, en cambio, no preguntan, no buscan, se dan por satisfechos con lo sabido. Pero, por eso mismo, no preguntan a Dios. Al no abrirse a la verdad, no se abren a Dios.
El inconformismo de Job le ha liberado, pues «la verdad hace libre» (Jn 8,32). Le ha liberado de sí mismo y le ha hecho capaz de encontrar respuesta en el misterio trascendente de Dios. Y su inconformismo nos libera también a nosotros...
      (Texto bíblico: Libro de Job)

ALONSO AMPUERO, J. “Personajes bíblicos”

Biblia, ¿eres machista?


Depende de cómo se mire. Para nuestra mentalidad actual existen expresiones y for­mas que resultan machistas. Sin embargo, a este respecto la Biblia tiene cosas inédi­tas, aunque después en la práctica - como también hoy - haya mucho que mejorar.
Por ejemplo, en Gen 1,27, se dice: “Y creó Dios al hombre a imagen suya le creó; ma­cho y hembra los creó”. El primer término que aparece en el relato del Génesis, adam, puede ser entendido como un nombre ge­nérico que significa humanidad.
A partir de este sustantivo abstracto -hu­manidad-, la antropología del relato des­cubrirá el carácter sexual de la criatura. Es más, la diversidad macho y hembra constituye precisamente la primera explicación de la humanidad hecha a imagen y semejanza de Dios. Ambos explici­tan conjuntamente lo que significa ser imagen y semejanza suya.
En el decálogo se manda honrar tan­to al padre como a la madre, luego a nivel jurídico parece que gozaban de este mismo derecho tanto la ma­dre como el padre. Otra cosa es que después se hiciera.
Otro dato que suscita perplejidad en el NT es que las mujeres fueron las que estuvieron al pie de la cruz, en la sepultura y en la mañana de la resurrección. Su presencia en la cruz y en la sepultura es de corte públi­co y esto no era normal, pues el ám­bito de la mujer era el ámbito do­méstico.
Tampoco fue normal que ellas fue­ran las primeras testigos de la resu­rrección. Esto no cuadra muy bien en el mundo judío, ya que su testi­monio se consideraba inválido, Por eso, muchos autores ven en este he­cho un criterio de autenticidad de estos relatos, pues si la narración hu­biera sido compuesta con fines apo­logéticos no hubiera caído en un error tan grave de poner a ellas como tes­tigos.
En este sentido, la Biblia es mucho menos machista que la cultura que la circundaba y, por tanto, fue revo­lucionaria para su época. 
 Garcia Fernández, M.
“Catequistas” nº 221, 2012

martes, 29 de mayo de 2012

Personajes de la Biblia: Zaqueo


Zaqueo: sorprendido por la alegría

Lo había conseguido con mucho esfuerzo y no pocos sacrificios. Tenía fama y dinero. Había amasado una importante fortuna y era rico. Poco importaba que eso hubiera ocurrido a costa de los demás. Robar cobrando impuestos era legal. Los romanos lo permitían y él conocía bien las reglas del juego. Después de todo, había tenido que pagar su tributo de impopularidad, pues los judíos odiaban a los recaudadores de impuestos.
En efecto, los publicanos eran considerados pecadores públicos. Estaban al servicio del poder romano, pagano y explotador a la vez. Y ellos mismos aprovechaban para explotar a su propio pueblo, incluidos los pobres. Por eso eran totalmente impopulares y odiados de corazón.
Pero la vida es la vida. Al fin y al cabo, algún precio había que pagar para triunfar. Además, había valido la pena, pues había llegado a ser jefe de publicanos. Claro que tampoco entre sus colegas era estimado, pues la envidia y la avaricia corroían las relaciones entre ellos. Sin embargo, era jefe y era rico: ¿qué más podía pedir? Cierto que su corazón no estaba satisfecho, pero tampoco la vida podía dar más de sí.
Un día Jesús visitó Jericó, su ciudad. Tal vez Zaqueo había oído hablar de ese galileo que decía cosas novedosas y realizaba curaciones llamativas. Fue sólo la curiosidad lo que le movió a salir a la calle y a mezclarse entre el gentío para ver quién era ese hombre, qué hacía cuando se acercaba a un enfermo, cómo hablaba... Quizá ese poso de insatisfacción que llevaba en su corazón le impulsaba a buscar, sin saber en realidad qué.
Sin embargo, ese día le aguardaba una sorpresa totalmente inesperada. El galileo fija su mirada en él y le pide que le aloje en su casa. El corazón le dio un vuelco. Bajó inmediatamente y le recibió en su casa (Lc 19,1-10).
Pero la sorpresa fue mayor al comprobar que la alegría inundaba su corazón. Jamás había experimentado semejante gozo. Ni cuando llenaba sus arcas, ni cuando fue ascendido a jefe de publicanos... No, nada era comparable a esta alegría intensa que ahora le colmaba. Era un gozo de una calidad nueva que penetraba por todos los poros de su ser y le saciaba. Sí, realmente le saciaba. Jamás había creído que fuera posible tal grado de felicidad en este mundo...
Era un amor inmenso e incondicional lo que le producía esta alegría. Él, tan habituado a ser despreciado por unos, adulado interesadamente por otros, envidiado por los más, ahora se sentía amado y querido por sí mismo. Él, precisamente él. Sí, porque «el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».
La alegría era tal que ni se percataba de los comentarios y murmuraciones de la gente: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».
Era tan intenso su gozo que sin saber cómo ni por qué sus riquezas habían empezado a parecerle basura despreciable. ¡Qué pena haber puesto en esa miseria tan deleznable su corazón! ¡Qué pena haber gastado su vida para acumular montañas de basura!
Cuando un día escuche de labios de Jesús la parábola del tesoro escondido (Mt 13,44), reconocerá en ella su propia experiencia. En verdad, ha encontrado el auténtico tesoro, y lleno de alegría es capaz de vender todo. Pues es este gozo nuevo y sorprendente el que le lleva a decir a Jesús: «Mira, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más».
En realidad, todo ha sido muy sencillo. Ha bastado recibir a Jesús. Él era el verdadero tesoro. Él era el portador de la alegría que siempre había anhelado pero que le parecía imposible alcanzar en esta vida. Bastaba con recibir a Jesús; lo demás se le dio por añadidura. También las renuncias fueron motivadas por ese gozo. Y no le costaron. Pues había encontrado el tesoro.
Sin embargo, tuvo que bajarse de la higuera. Esta simboliza las riquezas que había ido amasando y en las que se había encumbrado en busca de seguridad, de prestigio, de dicha. Pero él seguía siendo pequeño... Jesús le mandó bajar y le puso en la verdad.
De no haber obedecido le habría ocurrido como a otro que también era rico; al oír la invitación de Jesús, prefirió no hacerle caso y marchó «muy triste» (Lc 18,23)...

(Texto bíblico: Lc 19,1-10)
ALONSO AMPUERO J.  “Personajes bíblicos”

Entre ángeles y demonios


Revista “Catequistas” nº 121, 2000
MORAL J. L. (Profesor de Teología Pastoral, Director de la revisto "Misión Joven")
¿Existen los ángeles y el diablo? Si de una pregunta espontá­nea se tratara o de un inte­rrogante coloquial acerca del existir "como existimos nosotros" o, incluso, como decimos de Dios que existe, la respuesta sería muy senci­lla y clara: ¡No! No existen ni los ángeles ni el diablo, si con existencia pretendemos referirnos a seres personales como podemos serlo noso­tros o como lo es Dios. Conforme subrayamos en los artículos precedentes, hemos sido creados por amor y pa­ra la salvación. Entre origen -amor- y destino -salva­ción-, el recorrido de la vida humana se define esencial­mente por la libertad. Y es precisamente ahí donde bien podemos afirmar que la li­bertad humana se vive ... entre ángeles y demonios!
En el ámbito del misterio -¡otra vez la palabreja!- que envuelve la vida humana, la libertad puede servir para librarnos, esto es, para ha­cernos personas o, por el contrario, para esclavizarnos y deshacernos. En ese cami­no de libertad que configura la vida de todos, Dios está con nosotros enviándonos to­da clase de mensajes y ayu­das; pero también existen otro tipo de reclamos.
1 MÁS QUE ÁNGELES Y DEMONIOS, MISTERIO DEL BIEN Y DEL MAL
La mayoría de las culturas de todas las épo­cas hablan de "fuerzas angélicas" y "fuerzas demoníacas". Básicamente, dicha cuestión se desarrolla al amparo de los esquemas dualis­tas de explicación del universo -principio del bien y principio del mal, en particular-. En pri­mer lugar, pues, no se trata tanto del misterio del demonio o de los ángeles, cuanto del mis­terio del bien y del mal.
Más propiamente expresado: nos enfrenta­mos ante el misterio de la solidaridad en el bien que hacemos o que nos hacen y del mal que igualmente somos capaces de imponer o I que padecemos. Y, puesto que no contamos con ninguna respuesta exhaustiva, fácilmente recurrimos a potencias espirituales o a perso­nificar el bien y el mal.
• Ángeles o mensajeros de Dios
El término griego "angellos" –que traducido al latín por "angelus" conduce a nuestro vocablo "ángel"- significa, lo mismo que el original he­breo, mensajero. Al respecto, ya san Agustín indicaba que ángel es nombre de función y no de naturaleza.
Los ángeles, entonces, son los mensajeros que Dios manda a los hombres. La raíz sim­bólica con la que se relatan sus intervencio­nes es innegable. Siempre se habla de ellos para referirse a distintas actuaciones salvífi­cas de Dios. Incluso sus nombres -Rafael o "Dios cura", Miguel o "quién como Dios", Ga­briel o "fuerza de Dios"- muestran cómo esas figuras concretas, en el fondo, son una espe­cie de recurso literario para remitir a interven­ciones divinas.
• Los malos espíritus o el "mysterium iniquitatis"
La palabra griega "daimon" o "daimonion", de donde deriva nuestro término "demonio", originariamente significaba potencia sobrehuma­na, pero pronto se tiñó de carácter maligno entendiéndose, sobre todo, como mal espíritu o quien pone división. En el Antiguo Testamento se destaca la figura de uno de ellos, la de Satán o "el adversario", si traducimos el original hebreo.
Los espíritus malignos y, más en concreto, la figura de "el adversario" desembocan en "el diablo" o tentador -así vierte la traducción griega de la Biblia el término "Satán"-. Nin­guno de los dos Testamentos especula so­bre el asunto, pero sí se retrata simbólica­mente al diablo o maligno en las raíces del "mysterium iniquitatis" o misterio del mal que invade la creación y llega a colocarse por encima de la voluntad personal y colecti­va de los hombres, aunque no elimine su li­bertad.

2 HISTORIA CRISTIANA DE ÁNGELES Y DEMONIOS
Cuando hablamos de religión, antes de nada, hemos de entender que se trata no de una realidad divina sino de una cuestión o tinglado humano -otra cosa muy distinta sería la fe con la que respondemos a la revelación y amor de Dios, a cuyo servicio debe ponerse todo cuan­to organizamos con la religión-.
Pues bien, las "cosas de la religión" abarcan desde el mundo inmediato del hombre hasta la esfera del Dios que da el sentido último a la vida. Entre ambos mundos, existe un amplio espacio donde se alojan infinidad de figuras mediadoras que conectan el uno con el otro. Cuando de religiosidad popular se trata, di­chas figuras tienden a representarse con for­mas concretas.
• Ángeles y demonios en la Biblia
Sólo al final del Antiguo Testamento -a partir de los siglos III y II a.C.- y por influencias iraníes y mesopotámicas se produce un significati­vo desarrollo de la angelología y demonología. Pero, en conjunto, demonios y ángeles -éstos algo más- no pintan mucho en la narración ve­terotestamentaria.
El Nuevo Testamento asume espontánea­mente las creencias del tiempo en lo angéli­co y demoníaco: separación y funciones contrarias de ángeles y demonios, etc. Aun­que Jesús y el cristianismo primitivo tienen las mismas ideas de sus contemporáneos, sin embargo existen transformaciones y re­traducciones decisivas.
En primer lugar, los ángeles pierden importan­cia puesto que su función la cumplen eminentemente Cristo y el Espíritu. Después, Jesús no confirma la comprensión demoníaca y prácti­cas mágicas de la época, sino que subraya la soberanía de Dios y su enviado, quien actúa con autoridad y los demonios le obedecen (cf. Mc 1,27), además de otorgar a sus discípulos el poder frente a ellos (cf. Mt 10, 1.8).
• Una historia que complica el tema
La novedad de Jesús, por un lado, conduce a la "cristologización de lo angélico" y, por otro, más que detenerse a construir teorías o explicacio­nes del mal, empuja a luchar contra él, a desenmascarar y plantar batalla a "lo demoníaco".
La historia de la Iglesia y la teología, no obstan­te, se vieron obligadas a desarrollar teóricamente el tema. Y los jaleos se multiplicaron. Así, al estudiar el texto de Génesis 6,1-4, que se refiere al origen de los demonios o "hijos de Dios", la rebelión de que se habla allí se achacó a las relaciones sexuales entre los ángeles y las mujeres. Con el tiempo surgiría toda una "espi­ritualidad angelical" -encabezada por el "ángel de la guarda" y su "dulce compañía"- continua­mente azuzada por el demonio.

3 AMOR, SALVACIÓN Y... ¡LIBERTAD ENTRE ANGELES Y DEMONIOS!
Amor y salvación, como claves del origen y destino del hombre, y vida en libertad, como definición fundamental del camino hasta la meta, son las verdades esenciales con las que Dios quiere al ser humano. Fuera de esos lími­tes ha habido y hay no poco de invención y hasta de superstición.
Demonio y ángeles tienen más de símbolo que de cualquier otra cosa o realidad. Respecto al primero, por ejemplo, los últimos papas lo iden­tifican con "el mentiroso cósmico" (Juan Pablo II) o con "aquel mal, que llamamos demonio" (Pablo VI). Sin embargo, el misterio del bien y del mal al que remiten, nos obligan a conside­rarlos como algo más que un símbolo. Ángeles y demonios no son realidades personales, pero tampoco meras figuras simbólicas: los prime­ros, nos sirven para personalizarnos, para ha­cernos personas conforme a cuanto Dios nos sugiere; los segundos, representan la antiper­sona, están en ese mal que nos deshace como personas, en esa libertad que termina convir­tiéndonos en esclavos.

lunes, 28 de mayo de 2012

Festividad de la Santísima Trinidad - 3 de Junio de 2012


Tu salvación


Asunto de perspectiva


Los "privilegios" de la Iglesia... ¿o no?


El primer bulo que hay que desmentir es que “todo hijo de vecino” paga el IBI. No lo pagan, por ejemplo, los partidos políticos, los sindicatos, los locales de la Cruz Roja, las fundaciones, los consulados, las federaciones deportivas, las embajadas, los terrenos de la RENFE, los inmuebles destinados a usos religiosos de las comunidades hebreas, los musulmanes, los evangélicos y otras muchas instituciones en virtud de la Ley 49/2002, denominada “Ley de mecenazgo”. Con todas ellas, la Iglesia comparte el régimen fiscal especial que se concede a entidades sin fines lucrativos, como puede verse en el Título II de la citada Ley.
La legítima pregunta que cabe hacerse es ¿entonces por qué tanta gente piensa que se trata de un privilegio de la Iglesia? ¿Por qué no se cuestiona que deben pagar el IBI, por poner tres ejemplos: UGT, la Federación Española de Fútbol o las mezquitas construidas en España? La manipulación de la opinión pública, que cala como lluvia fina, lleva a creer a mucha gente que la Iglesia católica es la única que no paga el IBI y que además no paga ninguna clase de impuestos.  Los estrambóticos casos que han ido surgiendo en los últimos días como noticias con cuentagotas desde diferentes ayuntamientos, han querido hacer pasar por novedad algo que en realidad no lo era. La Iglesia ya pagaba el IBI de locales no destinados a un uso religioso (como puede ser por ejemplo un garaje, una floristería o la tienda de dulces de un convento) y, de igual manera, ya pagaba las tasas municipales, sobre las que no existe ningún tipo de exención fiscal. Es fácil de entender: por ley, y no como privilegio, sino como exención fiscal compartida con muchas otras instituciones, no se paga el IBI por la Catedral de Burgos, como no lo pagan tampoco por el Museo del Prado, pero se pagan tasas que nada tienen que ver con el mencionado impuesto, como por ejemplo las de basura o las correspondientes al vado de una cochera.
En la misma línea que busca el descrédito general de la Iglesia, se intenta hacer creer que el IBI eclesial supone un porcentaje altísimo sobre el IBI que goza de exención. Sirva como ejemplo para desmentirlo el hecho de que en Madrid, donde están exentos del pago del IBI edificios como el de la SGAE o el del Hotel Palace, podrían recaudarse 109 millones de euros si no existiera exención alguna. Solo el 5% correspondería a la Iglesia católica. Algunos ayuntamientos están contribuyendo a esta ceremonia de la confusión. Saben bien que no está en su mano cobrar el IBI, salvo en los casos excepcionales que hemos citado. Saben que si envían el recibo de un edificio exento por ley, lo más probable es que se lo devuelvan. Y saben también que pueden seguir enviando a las parroquias a todas las personas desesperadas que ellos no atienden “por falta de presupuesto”, porque en este caso, no se devolverá a nadie y se acogerá a todos, sin pedir el dni ni la partida de bautismo.
Por eso, conviene recordar que a los argumentos legales expuestos, cabe sumar poderosas razones morales. Parece lógico que se incentive y que se estimule – también fiscalmente - el trabajo de aquellos que contribuyen con su labor a la configuración de una sociedad mejor. Así se hace en muchos casos. La Iglesia ni tiene ni quiere tener privilegios, pero tampoco ser discriminada. Desgastar la imagen pública de una de las instituciones que más está haciendo por la gente que peor lo está pasando en la crisis, solo puede responder a intereses que nada tienen que ver con el bien común. Afortunadamente, esa piel social que es la opinión pública (y la opinión publicada en los medios) no siempre va de la mano con los datos reales. Cada vez más gente, llama a las puertas de la Iglesia, pero también, gracias a Dios, cada vez son más los que ayudan a sostener esa puerta, a pintarla, a arreglar las cerraduras y a mantenerla abierta.
Hay, por último, quien reconociendo que la Iglesia tiene razón, no estaría de más que en este caso hiciera un gesto, si se quiere simbólico, y que renunciara voluntariamente a la exención del IBI. No se debe olvidar en este punto que la Iglesia ya está haciendo gestos reales todos los días, que conoce lo que es apretarse el cinturón porque acompaña el caminar de los que sufren.  ¿A qué viene rasgarse las vestiduras, desde fuera, cuando se escucha que si se contara con menos recursos la actividad de la Iglesia podría verse mermada? Que pregunten en esos comedores sociales donde ya se está dando un único plato de comida, porque si siguen dando dos, no llega para todos.
Allí, donde hay caridad y amor. La Iglesia ya estaba allí antes de la crisis, antes del IBI y mucho antes de que el IBI se llamara Contribución Territorial Urbana. Ya estaba allí y en esos mismos lugares va a seguir estando, al lado de los nuevos pobres cuando volvamos a ser nuevos ricos.
Cuantos pertenecemos y amamos a la Iglesia, y todos aquellos de buena voluntad que quieran arrimar el hombro, vamos a seguir construyendo el edificio común. Quienes nos difaman, saben – porque ellos mismos lo experimentan– que responderemos al mal con el bien. Esa que muchos creen nuestra debilidad, es justamente nuestra fortaleza.
Isidro Catela Marcos
Director de la Oficina de Información de la Conferencia Episcopal Española

sábado, 26 de mayo de 2012

Personajes de la Biblia: Oseas

Oseas: testigo de un amor inmortal
Sin duda, uno de los sufrimientos mayores que una persona puede experimentar es que su amor no sea correspondido; más aún, que aquel a quien ha entregado su corazón, su persona entera, su vida... le traicione. El amor es lo más grande y lo más hermoso que posee una persona; por eso, no hay dolor semejante al de un amor traicionado. Esto sucede sobre todo en el ámbito matrimonial (la traición al amor conyugal), pero también se da respecto de un hermano, de un amigo, de los propios padres o de los hijos...
También esta dolorosa experiencia humana es iluminada por un personaje bíblico. Oseas vivió en Israel en el siglo VIII a.C. y su experiencia personal es asombrosa, de una hondura inigualable.
Como en el caso de otros personajes bíblicos, no conocemos demasiados detalles de su vida, pero sí los suficientes para acercarnos a la densidad increíble de su personal vivencia.
Oseas se enamoró de una prostituta. No sabemos si Gomer ya lo era desde el principio o bien se manifestó después. Lo cierto es que Oseas decide desposarla y convertirla en su mujer.
Pero la historia no termina ahí. Porque después del matrimonio Gomer sigue prostituyéndose y comete repetidamente adulterio.
La reacción que parecía más lógica es romper con ella. Cualquier persona «sensata» hubiera repudiado sin más a una mujer absolutamente incapaz de ser y fiel y que traiciona reiteradamente.
Sin embargo, Oseas no actúa así. El amor que ha prendido en su corazón es fuerte y violento y actúa queriendo a pesar de todo a esta mujer indigna y degradada.
Eso no quiere decir que le dé igual la fidelidad o la infidelidad de ella. A Oseas le duele la traición en lo más hondo y le sangra el corazón. Pero no puede dejar de amar.
Es este amor el que le lleva a repudiarla, el que hace que le retire todo sustento y todo regalo, el que le impulsa a castigarla, a cerrar sus caminos con espinas y a «hacerle la vida imposible».
No es el despecho o la ira el motivo de tal conducta. No es el enfado o los deseos de venganza. No es tampoco el egoísmo de quien busca su interés aun a costa del otro. No. Es el amor.
Lo que impulsa a Oseas a actuar así es un amor enérgico y apasionado, un amor que supera toda «lógica» para seguir la suya propia, la lógica del amor. Sí, porque «el amor es fuerte como la muerte», porque «las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni anegarlo los ríos» (Ct 8,6-7).
Lo que impulsa a Oseas a actuar así es el bien de su esposa. Si le retira todo sustento y le hace pasarlo mal, es para que recapacite y comprenda y vuelva a su marido y se dé cuenta de que sólo con él le va a ir bien.
Es el amor ardiente a Gomer lo que lleva a Oseas a intentar regenerarla, a hacerla fiel, a devolverle su dignidad. Porque no ha dejado de amarla, anhela seducirla y reconquistarla. Cuando ella lo está pasando mal vuelve con inmensa ternura a hablarle al corazón.
Oseas es testigo de un amor traicionado, de un amor fiel que ama a pesar de todo, un amor que es capaz de inclinarse sobre la amada indigna para levantarla y dignificarla, un amor firme que vence el mal con el bien.
Un amor así, parece increíble, y sin embargo es posible.
Pero hay más. La grandeza sobrehumana de este amor le ha llevado a Oseas a entender el amor de Dios. Comprobando cómo él –limitado y egoísta– era capaz de amar, ha descubierto el inmenso amor de Dios. Ha comprendido que Dios ama así: no por las cualidades, los méritos o las respuesta de la persona amada, sino porque Él es amor, y no puede dejar de amar a pesar de las traiciones e infidelidades.
Dios ama a un pueblo que se ha prostituido intentando conciliar el amor a Él con otros amores espúreos, que adultera sin cesar al entregar a otras personas, tareas o cosas la parte de su corazón y de su vida que sólo a Dios pertenece.
Así es Dios. No se cansa de amar a pesar de las negativas, a pesar de que sus dones son continuamente malgastados –incluso para apartarse de Él– y su amor incesantemente despreciado y pisoteado.
Así ama Dios. Con un amor tan inmenso que es capaz de regenerar a la prostituta y de perdonar a la adúltera. Con un amor que a pesar de las traiciones sigue derramando ternura, que a pesar de las infidelidades sigue siendo capaz de hablar al corazón, y a pesar de los rechazos anhelando seducir a la amada para hacerla feliz.
De este modo, la dolorosa experiencia de Oseas se ha convertido en revelación de Dios. Su matrimonio ha quedado como signo y paradigma del amor infinito de un Dios que ama de manera increíble, superando toda lógica racional. El amor testimoniado por Oseas permanecerá hasta el fin de los tiempos como reflejo de ese amor divino que es más fuerte que el pecado.
Y este amor divino, infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom 5,5), nos enseña y capacita para vivir y amar así. Enseña y capacita a los esposos para amar de esta manera, para perdonar y renovar cada día su amor. Enseña y capacita a todo aquel –hermano, amigo, vecino...– cuyo amor ha sido traicionado, para vencer el mal con el bien y el odio con amor. Enseña y capacita a todo discípulo de Cristo para vivir la lógica de la novedad de este amor traído al mundo como fruto de su pasión.
(Texto bíblico: Oseas 1-2)
ALONSO AMPUERO, J. “Personajes bíblicos”

El Espíritu de Dios


Oración al Espíritu Santo

Ven, Dios Espíritu Santo, 
y envíanos desde el Cielo tu luz, 
para iluminarnos.
Ven ya, padre de los pobres,
luz que penetra en las almas,
dador de todos los dones.
Fuente de todo consuelo, 
amable huésped del alma, 
paz en las horas de duelo.
Eres pausa en el trabajo; 
brisa, en un clima de fuego; 
consuelo, en medio del llanto.
Ven luz santificadora, 
y entra hasta el fondo del alma 
de todos los que te adoran.
Sin tu inspiración divina 
los hombres nada podemos 
y el pecado nos domina.
Lava nuestras inmundicias, 
fecunda nuestros desiertos 
y cura nuestras heridas.
Doblega nuestra soberbia, 
calienta nuestra frialdad, 
endereza nuestras sendas.
Concede a aquellos que ponen en Ti 
su fe y su confianza 
tus siete sagrados dones.
Danos virtudes y méritos, 
danos una buena muerte 
y contigo el gozo eterno.