sábado, 26 de mayo de 2012

Los evangelistas


El Evangelio según San Mateo
Parece ser que fue el segundo evangelio escrito (a partir del año 70 d.C.). Como lugar don­de fue escrito se suele poner Palestina, y a alguien que conocía bien la realidad de las co­munidades cristianas que provenían de judíos conversos. Tiene 28 capítulos. Gran parte del evangelio está organizado en discursos que se ponen en boca de Jesús.
San Mateo comienza su evangelio con la genealogía de Jesús, sus orígenes humanos. Por eso se le representa con la figura de un hombre.
Se proclaman los relatos de Jesús recogidos por san Mateo en el Ciclo A ya que en la Biblia está colocado como primer evangelio.

El Evangelio según San Marcos
El relato de Marcos, que era amigo e intérprete de san Pedro en Roma, es el más antiguo de los evangelios (escrito entre los años 57-70 d. C.).
Fue escrito en griego. Es el evangelio más corto (16 capítulos); desde este punto de vista es el más simple.
Se inicia el relato con la predicación de Juan Bautista en el desierto. Por eso se le represen­ta con un león que ruge en el desierto.
El evangelio de san Marcos es proclamado en el Ciclo B. Al ser más breve, desde el domin­go XVII del tiempo ordinario hasta el domingo XXI se proclama el evangelio de san Juan, el capítulo 6, conocido como discurso del pan de vida.

El Evangelio según San Lucas
Todo indica que los relatos de san Lucas son posteriores al evangelio de san Mateo. Tiene 24 capítulos de extensión. Narra parábolas bellísimas (el Padre misericordioso) y relatos que le son propios (los discípulos de Emáus); todo de gran belleza literaria. Es el evangelista que más habla de María, la Madre de Jesús. Fue escrito hacia al año 80 d. C., en lengua griega. El autor lo es también del libro los Hechos de los apóstoles. El evangelio de san Lucas es proclamado en el Ciclo C. San Lucas es representado en forma de cabeza de toro o buey. Este animal es el que se sacrificaba en el Templo. Zacarías, cuando entra a ofrecer el incienso en el Tempo, se le anuncia el nacimiento de su hijo Juan.

El Evangelio según San Lucas
El evangelio de san Juan es, temporalmente hablando, el último evangelio redactado, hacia el año 100 d. C., en lengua griega. Consta de 21 capítulos. Es un evangelio que no se pare­ce en nada a los demás. Es fascinante por su estilo literario y por su contenido. No tiene ci­clo litúrgico propio, pero es leído a lo largo del Año litúrgico casi en su totalidad.
Por su profundidad y por su manera de mirar los signos y la realidad de Jesús ha sido repre­sentado por la cabeza de un águila que sabe remontar el vuelo.

BIBLIA, ¿PUEDO CREERTE?


García Fernández, M. “Catequistas” nº 215,2011 Noviembre
Antes de preguntarnos: ¿Quién es la Biblia?, es necesario que nos plan­teemos la cuestión: ¿te puedo creer? Ya que si partimos de que la Biblia no dice la verdad y, además, está es­crita para «comer el coco», pues ¡apaga y vámonos! Por eso, aquí abor­damos tres interrogantes sobre su fiabilidad.

¿Hasta qué punto se ha utilizado la Biblia para «someter» a sus seguidores?
De lo que hasta ahora tengo cono­cimiento, la Biblia no ha sido escrita para «someter» a nadie. Otra cosa es que en algún momento de la his­toria haya habido interpretaciones un tanto fundamentalistas de sus páginas y que estas hayan hecho incu­rrir en errores o condenas que no han sido justas ni acertadas.
En lo que se refiere a los primeros siglos del cristianismo, sabemos que a la par que los Evangelios y Epístolas del NT, circulaban toda una se­rie de escritos -que hoy denomina­mos apócrifos- que también leían los miembros de las comunidades cristianas y que convivían con los escritos canónicos (aquellos que forman parte de la Biblia). Si realmente se hubiera querido imponer una sola idea, se hubiera eliminado toda esta literatura.
De hecho, hubo intentos dentro de la misma Iglesia que no cuajaron. Tal es el caso de un tal Marción que en el siglo II propuso eliminar el AT -ya que en este aparecía la figura de un Dios violento- y dejar únicamente el Evangelio de Lucas. Si hubiéramos seguido a Marción, hubiéramos tenido menos problemas. Sin embargo, la comunidad cristiana re­accionó contra esta doctrina. De ahí se deduce, que la Iglesia no utilizó la Escritura para «someter» a los cris­tianos. Hubiera sido más lógico se­guir lo que proponía Marción.
La pretensión de credibilidad de la Biblia no se distancia de la que pue­den tener otros libros. Es decir, cuan­do alguien escribe algo, es porque busca comunicar un mensaje y, en este sentido, busca «persuadir» so­bre la verdad de lo que dice para que otros se adhieran. Dicha pretensión es lícita. Otra cosa es utilizar la fuer­za, la violencia o la mentira para im­poner tus ideas.
El cristianismo primitivo fue una propuesta. Inclu­so una propuesta un tanto contradictoria y en infe­rioridad de condiciones. San Pablo dice en la carta a los Corintios que la cruz resulta necedad para unos y escándalo para otros. Realmente anunciar a un crucificado no era una doctrina muy convincente y, por ello, resulta extraño que se quisiera «comer el coco» a nadie con una argumentación tan débil y, encima, por una comunidad cristiana perseguida.

¿Como sabemos que la Biblia no es una «bola»?
Sabemos que la Biblia no es una “bola2 de la misma manera que sabemos que Gran Bretaña es una isla o que el mundo es redondo y no cuadrado, o que Edurne Pasaban llegó a la cima del Everest.
Hay muchas cosas que nosotros aceptamos como verdaderas y que no nos hemos molestado en com­probarlas. Gracias a Dios, también la ciencia se apo­ya en ese principio básico que es el de la confianza, Ya que, si tuviéramos que comprobar todo, no podríamos vivir ni avanzar.
Me resulta difícil pensar que alguien se haga la prueba del ADN para sa­ber si, con los que convive, son sus padres. Existe una historia, la de nues­tra infancia, que otros nos han con­tado y que hacemos nuestra sin más. Nos dicen que somos el de la foto y nos lo creemos.
Además, un mismo hecho no se vive por todos de igual manera. Dice el refrán español que «cada uno cuen­ta la feria según le va en ella». Y esto no significa que «nos inventemos la feria» o que sea mentira lo que con­tamos. Existe una dimensión interpretativa de la realidad.
La misma ciencia con el principio de incertidumbre de Heissenberg, reconoce algo parecido y es que nin­guna observación es puramente ob­jetiva, EI sujeto siempre interviene en la observación y, por tanto, in­troduce elementos subjetivos. Lo cual es una verdad de Perogrullo.
Pero volviendo a nuestro tema, la Biblia es un libro escrito por creyentes y para creyentes. Su transmisión se rige por un principio de confian­za y esta no es igual a que sea una «bola». Si la Biblia hubiera sido una mentira, seguramente no hubiera sido acogida por un colectivo de gen­te que en esos escritos vía reflejado lo que pasó.
Otra cosa es la interpretación que sobre un mismo acontecimiento se hace. Ahora bien, ya en los Evange­lios se encuentran recogidas las dis­tintas y dispares lecturas, así como las diferentes consecuencias que sa­can los fariseos, saduceos o, los mismos discípulos, sobre la persona de Jesus, sus milagros o su doctrina.
Desde mi punto de vista, este dato junto con otros, como es mostrar las debilidades de sus protagonistas -por ejemplo, el caso de las nega­ciones de Pedro o de las aspiracio­nes de los hermanos Zebedeo- es un criterio de veracidad. Nadie que qui­siera mentir o quedar bien con el personal, hubiera dejado constancia escrita de los trapos sucios y flaque­zas de sus dirigentes.

¿Donde están las pruebas científicas?
La cuestión me hace recordar a un profesor que, cuando le preguntaban donde se encontraba el manuscrito original de Isaías, respondía: «En la misma estantería que los de Aristóteles, Platón y Seneca». Con ello que­ría decir que, como todas las obras antiguas, no poseemos los origina­les. Contamos con copias de copias.
Siguiendo su ejemplo, a la pregun­ta «¿dónde están las pruebas científicas?», tendría que responder: «en el mismo dossier que se encuentran las pruebas de los documentos mesopotámicos y egipcios», Ahora bien, comprendo que esto no es una res­puesta si no devolver la pelota al otro campo. Por eso, vayamos por pasos

¿Que disciplinas científicas se aplican al estudio de la Biblia?

* La arqueología ayuda a verificar si sucedieron algunos de los aconte­cimientos narrados en la Biblia. Por ejemplo, la destrucción de Jerusalén. Si se encuentra que en el estrato del siglo VI a. C. hay muchas cenizas, se puede suponer que hubo un asedio. Ahora, también se puede pensar que hubo un incendio causado por la co­mida que se le quemó a una vecina. Por tanto, los datos arqueológicos igualmente se interpretan.
Hay cosas que pueden verificarse por la arqueología y otras que no y eso no significa que no existan. Así, el matrimonio de un rey o el amor. Además, aunque no haya pruebas sobre un hecho, no puede concluir­se que no sucediera. Se podrían en­contrar más tarde.
* La historia funciona comparan­do lo que está en la Biblia con otros documentos así llamados «históricos». Por ejemplo, si en otras listas aparecen reyes de la Biblia, es fácil pensar que existieron; también Je­sus, nombrado por historiadores ro­manos.
Sin embargo, habría que matizar que se entiende por historia. Pues pre­sionados por un faraón o por un em­perador las batallas se ven de mane­ra muy distinta. Es como animar al Real Madrid junto a los hinchas del Barca.
Es más, estos «documentos» también están marcados por su tradición religiosa. En aquella época era inconcebible colgar la religión en el perchero. Los documentos egipcios, griegos o romanos presentan una vi­sión «teológica» e «ideológica» de la realidad. No son neutrales.
* La critica textual. Ya hemos di­cho que, tanto para la Biblia como para Platón, Aristóteles, etc., no con­tamos con los originales de las obras, si no con copias de copias. ¿Qué hace la critica textual?
En caso de que el manuscrito esté da­ñado, busca reconstruir el texto. Esto es, si hay un agujero intenta «imagi­nar» lo que había escrito. Y, segun­do, en el caso, de que tengamos va­rios manuscritos con variantes, la crítica textual determina cual podría ser la versión más auténtica.
Como en las otras disciplinas, tam­poco aquí son matemáticas. Pues no nos encontramos en el ámbito de las ciencias exactas. Ahora bien estos mismos instrumentos “científicos” son los que se utilizan en otros ámbitos. Con la misma legitimidad que ellos lo utilizan, lo hace el estudio bíblico.

jueves, 24 de mayo de 2012

El infierno


Jesús nos avisa acerca del infierno sin ninguna ambigüedad (Mt 25, 31-46; Mt 10,28; Ap 21,8).
–¿Qué es el infierno?
Para observar un precipicio desde lo alto de una montaña es conveniente disponer de una sólida barandilla, que nos preserve del vértigo. Ese parapeto, en el peligroso tema que nos ocupa, es el infinito amor que Dios tiene por nosotros.
El Amor se desarrolla en libertad, y en la libertad se da el riesgo del rechazo. La vida es para un cristiano un continuo aprendizaje de Amor, y ella implica la posibilidad de rechazar ese Amor.
Dios nos ama. Si al fin de la prueba hemos aceptado su Amor, conseguimos así nuestra felicidad. Si lo rechazamos, encerrándonos en nosotros mismos, eso es el infierno. El infierno es el aislamiento voluntario, el rechazo del Amor.
–¿Habrá muchas personas en el infierno?
Lo que podemos decir sobre este delicado asunto es lo siguiente:
1) La Iglesia, que se ha pronunciado infaliblemente sobre la gloria eterna de la que gozan muchos de sus fieles –canonizaciones de santos–, jamás se ha pronunciado sobre la condenación de ningún hombre.
2) Nunca la Iglesia ha prohibido rogar a Dios por la salvación de todos los hombres. Por el contrario, es ésta una costumbre piadosa, como la tenía el Padre Ch. de Foucauld, que repetía aquella frase de San Pablo: «Dios quiere que todos los hombres se salven» (1Tm 2, 4).
3) No se puede negar, sin embargo, que la condenación eterna es una posibilidad real, de la que Cristo quiere salvarnos a toda costa.
Moreau Y. “Razones para creer”

Personajes de la Biblia: David y Jonatan



Saúl, el primer rey de Israel había caído en desgracia. Había desobedecido el encargo que el Señor le había hecho a través del profeta Samuel, y Dios le había retirado su elección.
Aunque aún no estaba instaurado el criterio hereditario en cuanto a la sucesión del rey, parecía lo más normal que le sucediera su hijo Jonatán; esta era, al menos, la costumbre generalizada en los pueblos de alrededor.
Mientras tanto, había comenzado a subir la figura de David. Había vencido en repetidas ocasiones a los filisteos y de ese modo había contribuido a afianzar el reino de Saúl.
Sin embargo, frente al carácter agrio y voluble de Saúl, David tenía un carácter amable y bondadoso (había sido pastor). Caía muy bien entre la tropa y entre el pueblo. Y además tenía madera de líder.
Todo ello, en lugar de alegrar a Saúl, provocó en él la envidia. El hijo de Jesé empezaba a hacerle sombra. Y pensó: «Ya sólo le falta ser rey». Y de los pensamientos pasó a los hechos: intentó eliminar a David.
Por su parte, Jonatán y David habían hecho una buena amistad. Se entendían bien, compartían la vida en la corte, se querían como hermanos y habían llegado a sellar su amistad con un pacto sagrado ante Yahveh.
Frente al acoso de Saúl, Jonatán defiende a su amigo ante su padre. Intenta hacerle entender que es un servidor leal y que no tiene sentido matarle. Y cuando se convence de que el rey ha decidido la ruina de David, Jonatán avisa a su amigo para que se esconda y se ponga a salvo.
Saúl pretende despertar la envidia de Jonatán: «Mientras el hijo de Jesé esté vivo sobre la tierra, tu reino no estará seguro».
Lo pretende sin conseguirlo, pues ve que la actuación de su padre es injusta. Más aún, también él intuye que David será el sucesor de su padre. Pero Jonatán, que «le amaba como a sí mismo», renueva su compromiso con él y le desea que Dios esté con él cuando llegue al trono. Una cosa le pide: que si entonces él vive, tenga consideración con él y si ha muerto use de bondad con su familia.
Ante la injusta persecución, David le dice: «Si he actuado mal, mátame tú mismo». También él es consciente de que no ha fallado al pacto sagrado con su amigo del alma.
Y cuando Saúl y Jonatán mueren en la batalla en los montes Gelboé, David –que ve que le ponen la corona en bandeja– no se alegrará, sino que llorará y se lamentará por la muerte trágica y prematura del amigo extremadamente querido, cuyo amor le resultaba más delicioso que el amor de las mujeres.
Una amistad sin fisuras, que ama al otro por sí mismo y busca su bien. Una amistad que no se deja corromper por la envidia ni por la ambición: tanto Jonatán como David podían haber caído fácilmente en ellas. Una amistad que no se deja enturbiar por las sospechas: era muy comprensible que en el corazón de Jonatán se hubieran deslizado las que su propio padre intentaba inculcarle. Una amistad hecha de fidelidad: especialmente en la prueba, en la persecución injusta, en la muerte del amigo. Una amistad en la que cada uno no tiene inconveniente en permanecer en segundo plano. Una amistad, en fin, que nada tiene que ver con muchas de las adulteraciones a las que se da este mismo nombre…
Verdaderamente, «quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro» (Sir 6,14; ver vv 5-17).
(Textos bíblicos: 1 Samuel 19-20; 2 Samuel 1)
ALONSO AMPUERO J.  “Personajes bíblicos”

miércoles, 23 de mayo de 2012

Orar en la dificultad


Debemos intentar ver nuestra vida en perspectiva y no lamentarnos ante los momentos de dificultad, como si fueran algo estéril o carente de sentido. No. Cuando la cruz se vive en oración, en unión con Dios, no digo que se deje de sufrir y que no duela, pero sí puedo afirmar con cada una de las letras que ese sufrimiento gana en peso de cara a mi vida y de cara a mi eternidad.
Recuerdo particularmente una persona que conozco que me comentaba el dolor que sentía ante la separación de sus padres. No lo entendía y le reclamaba a Dios su dolor. Pero el paso del tiempo, y las oraciones que continuamente elevaba a Dios -muchas veces enojado y gritándole- lograron que, tras dos años, se diese cuenta de cuánto había aprendido y crecido interiormente: él y su familia.
¿Cuántas tinieblas rodean tu vida? ¿Muchas? ¿Una sola, pero intensa? Eleva a Dios tu oración, deja que Él te acompañe y llore contigo. El paso del tiempo te hará ver que fueron justamente esos años los que más te ayudaron a crecer y a hacerte fuerte interiormente. Vivirlos alejados de Dios y sin orar es como querer salvarse en una tormenta en el mar sin salvavidas. Pero quien los vive con Dios, dialogándolo con Él, logrará que las negras lágrimas que salen de sus ojos rieguen cada dolor y lo conviertan en una hermosa flor multicolor de paz interior en esta vida y de certeza en la eternidad que un día disfrutaremos con Dios.
Juan A. Ruiz