
En cambio, a mi madre nunca la
vi de rodillas. Demasiado cansada, se sentaba en medio, el más pequeño en sus
brazos, su vestido negro hasta los tacones, sus hermosos cabellos caídos sobre
el cuello, y todos nosotros a su alrededor, muy cerquita de ella. Musitaba las
oraciones de punta a cabo, sin perder una sílaba, todo en voz baja. Lo más
curioso es que no paraba de mirarnos, uno tras otro, una mirada para uno, más
larga para los pequeños. Nos miraba, pero no decía nada. Nunca, aunque los
pequeños enredasen o hablasen en voz baja, aunque la tormenta cayese sobre la
casa, aunque el gato volcase algún puchero. Y yo pensaba: Debe ser sencillo
Dios cuando se le puede hablar teniendo un niño en brazos y en delantal. Y debe
ser una persona muy importante para que mi madre no haga caso ni del gato ni de
la tormenta.
Las manos de mi padre, los labios
de mi madre, me enseñaron de Dios más que mi catecismo"
(Hans Urs Von Balthasar "Por qué me hice sacerdote?, Salamanca
1992, 32-33)